Artículo completo sobre União das freguesias de Cinco Vilas e Reigada
Cinco Vilas e Reigada, Figueira de Castelo Rodrigo: paisaje de granito, cabrito al horno de leña y casas vacías que esperan
Ocultar artículo Leer artículo completo
El granito asoma en las laderas, teñido de liquen como taza de café olvidada en la barra. El viento que sube del Duero trae tomillo y un resto de conversación de pueblo —esa que mantienen los mayores en la puerta, aquí ausentes. A 698 metros, cinco lugares que ni llegaron a aldeas bautizan esta parroquia inventada en 2013: Cinco Vilas e Reigada. Unión administrativa, dicen ellos; cajón de trastos, digo yo. La misma tierra de secano, los mismos olivares resbalando hacia el río, el mismo problema de quien observa cómo el pueblo se vacía como botella de aguardiente el viernes.
Cinco villas, una memoria
“Cinco Vilas” es nombre de quien se quedó sin imaginación. Reigada, cuentan, viene de “regada” —tal vez porque por aquí el agua es tan escasa que hasta el nombre la busca. Entre ambos términos, 321 almas se reparten en 4.159 hectáreas. Haz cuentas: 7,72 personas por km², justo para una charla de mesa al mes. De 361 viviendas, 224 están cerradas. No es abandono, es segunda residencia —así se llama ahora al quinto pino donde nadie quiere vivir. La población ha menguado un 19,2% en quince años. Los números son los que son: la ermita no tiene cura, la fuente no tiene cantaro, la puerta no tiene llave porque no viene nadie.
Lo que se come (y lo que ya no)
Aún hay quien mete el cabrito al horno de leña. Tarda lo que tarda, pero a las tres horas la carne se despide del hueso como un viejo del trabajo —sin llorar. Se baña con aceite de Beira, el mismo que ya prensaban los abuelos en los lagares. El Terrincho es un caso: corteza dura, interior blando, como tanta gente por aquí. La chanfana se cocina en olla de barro, la feijoada lleva todo lo que dio la matanza —y dio poco. ¿Vino? Duero si eres rico, Beira si eres de los nuestros. Ambos calientan el estómago y la conversación.
Entre el Duero y el cielo
El parque natural es bonito de postal. Los senderos unen las cinco aldeas como quien reúne a primos que no se hablan: vas dando pasos, vas encontrando lagares abandonados y vistas que dan pena. El buitre planea, el águila aguarda. Ambos saben que por aquí la comida escasea, pero el paisaje alimenta. Queda cerca del Côa, ese lugar donde los hombres del Paleolítico grabaron —tal vez el primer “estuve aquí” de la historia.
Al caer el día, el sol se agarra a los muros encalados y el humo sube perezoso. No es pintoresco, es sobrevivir. Se queda el olor del queso en la boca, el sonido de la campana que nadie toca, la textura del pizarra que es igual que la vida: dura, quebradiza, pero se aguanta.