Artículo completo sobre Buitres, pizarra y silencio en Freixeda do Torrão
Entre desfiladeros del Duero, la unión de parroquias donde anidan águilas y quedan 387 almas
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El chillido de un buitre leonado rasga el aire sobre el desfiladero. Trescientos metros más abajo, el Duero fluye pegado a paredes de pizarra que solo ven sol en invierno. En la unión de las parroquias de Freixeda do Torrão, Quintã de Pêro Martins y Penha de Águia, el viento sube del río con olor a agua estancada y tierra caliente.
Frontera de piedra y rapina
La geografía explica la historia. Esta franja de Riba Côa, con sus 5.772 hectáreas a 498 metros de altitud media, marcó durante siglos la línea de contacto entre cristianos y musulmanes. En 1055, Fernando Méndez, «el Bravo», príncipe de Chaves y conde de Zamora, recibió la tenencia de estas tierras del rey Fernando Magno. El contrato de donación, fechado el 28 de enero, lo obligaba a poblar y defender una franja que se extendía desde el Côa hasta la ribera de la Águeda.
Freixeda viene del fresno que aún crece en los fondos de valle; Penha de Águia alude al peñasco donde los antiguos vieron nidos de águila real. Habitan aquí 387 personas: 191 tienen más de 65 años, 28 van a la escuela primaria de Vilar Torpim. Son 6,7 habitantes por km². El silencio que se oye a las tres de la tarde no es paisaje: es falta de gente.
Donde el Duero se estrecha
Aquí empieza el Parque Natural del Duero Internacional. El río y la Águeda han tallado desfiladeros donde la pizarra negra se parte en láminas. En los soutos de la Quintã, los alcornoques aún guardan marcas de la corteza arrancada hace dos años. Los senderos siguen las veredas que los pastores de Quintã usaban para bajar al Duero; hoy los recorren los guardas forestales y los españoles que vienen a cazar jabalíes.
Los buitres leonados anidaron este año en el acantilado sobre la Praia do Penedo. Diez parejas, contadas por Fernando del bar «O Cantinho», que pasa allí cada domingo con prismáticos. A pocos kilómetros, los grabados del Valle del Côa muestran los mismos animales pintados hace 20.000 años, pero eso ya es municipio de Vila Nova de Foz Côa.
Cocina de altura
En la tasca «O Cemitério» —está junto al cementerio, no tiene nombre en la puerta—, Antonio sirve chanfana los viernes y sábados. Prepara el cabrito al vino tinto de la carretera, en la cazuela de barro que heredó de su madre. La leche para el queso viene de las ovejas de María da Luz, que aún cuaja el cuajo a las seis de la mañana. El queso no tiene DOP: es «queso de la tierrina», con corteza amarilla y pasta que se derrite cuando el sol aprieta.
En el ahumado de la panadería cuelgan alheiras de tocino que Joaquim hace desde que regresó de Oporto en 1998. El pan es de centeno, pero muele el trigo en el molino de Vilar Torpim porque el de Penha de Águia cerró hace diez años. El aceite viene de Trancoso: los olivares de la parroquia murieron con la plaga de los noventa.
El sol se esconde tras Penha de Águia a las seis y media. Los buitres vuelven a los nidos, Antonio cierra la tasca, el frío sube desde el Duero. Queda el rumor del río, que nadie ve pero todos conocen.