Artículo completo sobre Mata de Lobos: la torre que se escapó de la iglesia
En la Beira Alta, un pueblo donde el campanario vive en la calle y el viento huele a aceite y batall
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La torre de la iglesia no está donde debería. Se alza sola, a un tiro de piedra del templo, como si el campanario hubiera decidido mudarse a la calle para que el repique se oyese mejor. Cuentan que fue en 1759, pero nadie te asegura si fue por acústica o porque el cura de entonces no soportaba que la torre de la aldea vecina le ganase en altura. En Mata de Lobos, el silencio no es ausencia: es el eco de las piedras recordando lo que han visto. A 607 metros, el aire cuesta de entrar; no es la altitud, es la Beira haciéndote una jugarreta.
Cuando el campo fue trinchera
El 7 de julio de 1664, los campos de Salgadela olían a pólvora y a hierro. Los de aquí, con hambre y con ganas, mandaron a los españoles a dar una vuelta. Hoy, el padrón de Pedro Jacques de Magalhães sigue ahí, erguido como un viejo lus que se niega a irse a casa. Andar hasta él es entender por qué nadie se escondió: no hay ni un muro, solo cielo y tierra partida a la altura de las costillas para que unos y otros se matasen. Lleva agua; el viento solo trae polvo y saudade.
Piedra con memoria templaria
La capilla de Santa Marinha es de cuando los templarios aún no habían inventado la declaración de la renta. Dicen que fue iglesia y monasterio suyo; lo cierto es que las piedras llevan ahí más tiempo que los impuestos. En el atrio, tumbas con forma de gente: entonces hasta la muerte se hacía a medida. El lavadero junto a la puerta es de los pocos sitios donde el agua es más honrada que los políticos: corre fría todo el año, aun hagan cuarenta a la sombra.
Aceite, queso y cabrito de la Beira
Llegué con la barriga vacía y me voy con el cinturón apretado. El aceite es de esos que pican en el corner de la boca; no es defecto, es personalidad. El terrincho, que no gusta a todos a la primera, es como esa prima que solo se entiende después de conocerla bien. El cabrito se hornea despacio, como la conversación de un bar: cuanto más tiempo, mejor. El pan sale del horno comunal, que aún comparten quienes no tienen el suyo. Y si Antonio te invita a probar su vino, no te pongas a llorar: solo es la Beira recordándote que tienes riñones.
Arribas y Águeda
El Águeda traza curvas como quien se escapa de Hacienda. Las arribas son tan altas que hasta el buitre parece pardillo. En el Parque Natural del Duero Internacional, los senderos son para quien le gusta andar: no hay cafeterías en medio del monte, lleva galletas y juicio. Densidad de población: 7,8 hab/km², que quiere decir que te encontrarás los pies en los oídos y no cruzarás alma —perfecto para huir de los suegros.
Al caer la tarde, suena la campana. Como la torre está lejos, tardas un rato en saber si va por ti. Pero vas: porque en Mata de Lobos, aunque llegues tarde, aún te guardan un sitio en la mesa.