Artículo completo sobre Algodres: piedra, silencio y sabor en la Sierra
Pueblo de granito, 290 almas y cordero que se deshace junto al Mondego
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El frío del granito bajo los dedos guarda recuerdos que la mirada no alcanza. En Algodres, la piedra habla — en las paredes encaladas de las casas bajas, en los peldaños gastados de la Iglesia de la Misericordia, en el picota que desde 1514 atestigua los días iguales y diferentes del altiplano. A la hora de la merienda, cuando el sol empieza a descender, las sombras se alargan sobre el empedrado irregular y el silencio solo se rompe por la campana de la iglesia o por un tractor que arranca en la carretera.
La villa que fue y ya no es
Entre los siglos XII y XIX, Algodres fue villa y cabecera de municipio. Hoy, con 290 habitantes —los conté en el censo, no son más que los dedos de las manos y los pies de veinte personas—, es una parroquia que aún recuerda cuando tuvo voz propia. El nombre viene del árabe "al-godor", que significa lagunas, y el agua sigue por aquí, corre bajo tierra y brota en los pozos como quien no quiere la cosa. Los arroyos de Cortiçô y de la Muxagata marcan los valles donde la tierra es menos mala y aún se puede sacar un maíz o unas patatas.
Piedra sobre piedra
La Iglesia de la Misericordia está en el centro, como quien se hace el olvidado pero sabe que es importante. Construida a principios del siglo XVIII, aprovechó piedras del castillo que andaba por ahí suelto —granito que ya había sido muralla, torre, defensa. La fachada es barroca, sí señor, pero sin grandes alardes. La iglesia parroquial, reparada en 1878, tiene un campanario que se ve desde lejos y sirve de referencia a quien se pierde en las vueltas del pueblo. Desde arriba, el valle del Mondego se extiende como una alfombra y la Estrella al fondo, imponente como siempre.
El sabor del altiplano
Aquí la comida no se inventa — es lo que da la tierra. Cordero de la Sierra, cabrito que cuece lento hasta que la carne se deshace, queso de la Sierra que se extiende en el pan como mantequilla. El requesón, ese es para comer a cucharadas, sin ceremonias. El vino del Dão, hecho en las viñas que aún resisten la altitud, tiene una acidez que limpia la boca y pide otra copa. No hace falta menú degustación — sentarse a la mesa y esperar a que la dueña de casa traiga lo que hay.
Ritmo de agua y piedra
Caminar por Algodres es dejarse llevar. Las calles estrechas llevan a patios donde el tiempo se acumula en capas: monedas romanas encontradas en una acequia, una piedra con letras que nadie lee, el picota que sobrevivió a todo. Las Termas de São Miguel, allá arriba, tienen una vista que compensa el desvío — agua caliente que sube del fondo de la tierra y promete curar males que ni sabíamos que teníamos.
El frío de la mañana se agarra a la ropa como un gato malhumorado. Solo cuando el granito se calienta es cuando el pueblo se abre — las chimeneas empiezan a echar humo, el olor a leña se mezcla con el de la tierra mojada y, entre un café y otro, Algodres va viviendo su día.