Artículo completo sobre Casal Vasco: el pueblo que huele a cordero y silencio
A 573 m, entre la lluvia de la Serra y el vino del Dão, 218 almas resisten
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El humo sube recto por las chimeneas al atardecer, como quien no lleva prisa. Aquí, a 573 metros de altitud, el aire pesa distinto: cuando trae lluvia de la sierra, se nota en los huesos; cuando sopla el viento del Dão, araña la cara. Casal Vasco es de esas casas que se vislumbran desde la carretera, pero solo se entiende cuando se baja por la primera callejuela de pizarra y se comprueba que los muretes bajos sirven más para marcar el territorio que para contener nada.
Dicen que son 218. Parecen menos. Y, de hecho, 108 tienen más de 65 años, lo que significa que la mitad del pueblo fue al cine a ver A Canción de Lisboa en su estreno. Los niños son 17, pero hacen ruido para treinta. Cuando salen de la escuela primaria —sí, aún funciona, con dos aulas y un patio donde se juega al fútbol contra la pared—, el eco sube por la ladera como si la aldea fuera más grande de lo que es.
Qué se come (y cómo se come)
No hay restaurantes. Hay cocinas. Con la puerta abierta, huele enseguida si es día de cordero o de cabrito; y si no es día de ninguno, es de embutidos. El queso Serra da Estrela no viene envuelto; llega en una fuente de barro, con el cuchillo clavado en la corteza, y se derrite así, sin pedir permiso. El requesón se toma con cuchara, directamente del cazo, antes de que se enfríe.
El vino es del Dão, pero no de esos que ganan medallas. Es de la botella sin etiqueta que Zé Manel guarda en la bodega y solo saca cuando hay visitas —o cuando su mujer no mira. Si le preguntas la añada, mira al techo como quien hace cuentas y responde: “Debe ser del año en que se marchó António”. António se fue en 2003. El vino está bueno.
Qué se oye (y qué no se oye)
El silencio es tal que se escucha crecer la broa en el horno —o quizá es la leña al crack, pero quien no es de aquí no lo distingue. A veces lo rompe el tractor de Orlando, que sube a media marcha como quien va hasta allí y ya vuelve. Luego vuelve el silencio, solo roto por la campana de la iglesia a las horas en punto y por el perro de Adelino, que ladra al viento por principio.
Llegar aquí se explica en dos frases: se gira a la izquierda antes de Fornos, se aguanta en la carretera veinte minutos más, y cuando creas que te has perdido, ya estás. Ningún GPS aguanta el tirón; lo cual, seamos honestos, es la mejor manera de asegurarse de que no aparezcan autocares.
Por la noche, las luces se encienden una a una, como si alguien las fuera activando a propósito para recordar que seguimos aquí. El humo vuelve a subir, ya con olor a cena. Si es verano, alguien está en la puerta conversando. Si es invierno, todos están dentro, y solo se ve el reflejo de la televisión en los cristales.
Pero ahí fuera, la pizarra sigue ahí, y las estrellas —ésas sí— le hacen la competencia a las de la Serra.