Artículo completo sobre Maceira, el pueblo que huele a queso y silencio
Aldea del Dão donde el granito se disfraza de oveja y el horno marca el domingo
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El granito asoma entre los pinos como orejas de gato mal escondidas. La carretera sube a trompicones hasta los 687 metros donde Maceira se agarra al declive: aldea tan pequeña que el cartel de «venta de queso» en la portezuela de la era hace las veces de gasolinera. Cuenta con 245 habitantes, pero en la práctica son 240 porque José y Elvira pasan el invierno en la ciudad con los nietos. Se cuentan por los dedos los niños; sobran dedos para los mayores. Aquí se conoce a todo el mundo y, lo que resulta más útil, se sabe de quién es cada perro.
Qué se come (y se lleva a casa)
El vino del Dão se bebe, claro, pero lo que aquí manda es el queso. No el de los supermercados —el queso de verdad: oveja bordaleira, cuajo de cardo, 48 horas volteado de vez en cuando como quien cuida a un familiar. Cuando el pastor Lopes abre la cueva, el olor golpea a la puerta antes que él. Lleven botella de agua: el requesón sale tan cremoso que se bebe más que se come. Domingo es día de horno. Si ven humo en el tejado de doña Alda, es señal de que el cabrito ya está en el esparto; lleguen antes de la una o se quedarán con la escena de mirar el hueso ajeno.
Dónde se duerme (sin drama)
Hay cuatro sitios. Ninguno tiene minibar, ni masajista, ni tele con 200 canales —y eso es muy malo para quien busca drama, excelente para quien busca sosiego. La casa del tío Joaquim tiene paredes de metro y medio: chimenea que canta, leña cortada por él, y un silencio que solo rompe el búho cuando se atraganta. Traigan sujetador de lana: a las cuatro de la madrugada el granito transpira frío. No hay recepción 24 h; la llave se recoge en el café, junto con la cuenta del desayuno: pan de la panadería, mantequilla casera y dulce de calabaza que doña Odete hace «cuando la calabaza le viene bien».
Llegar, perderse y volver
El GPS se queda sin gracia a mitad de la cuesta; sigan las indicaciones como quien escucha a un tío: «cuando el eucalipto de la izquierda parezca una jirafa, giren a la derecha». La carretera es estrecha, pero siempre hay un tractor que les deja pasar —él tiene prisa por llegar al campo, ustedes no. El móvil pierde cobertura, aprovéchenlo: es la única vez que nadie les mandará notas de voz. Cuando caiga la noche y la niebla subda del Mondevo, recuerden traer abrigo. Aquí el frío no es figurante, es protagonista. Y si oyen la campana a las siete, no es alarma: es el cura avisando de que el horno del cabrito ya está caliente otra vez.