Artículo completo sobre União das freguesias de Aldeias e Mangualde da Serra
Pueblos de Gouveia donde el Festival da Água teje 18.000 m de ganchillo en sus calles de granito
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El agua se oye en Aldeias incluso cuando no hay un río a la vista. Discurre por los canales de granito que aún bajan por la Rua de Baixo, gotea en la fuente de 1897 que los vecinos liman cada año antes del festival, se acumula en el lavadero comunitario de la Fonte da Praça donde mi abuela golpeaba la ropa hasta 1983. A 1.200 metros de altitud, en pleno corazón del Parque Natural de la Serra da Estrela, esta unión de parroquias nació en 2013 de la fusión de Aldeias (3,94 km²) con Mangualde da Serra (7,80 km²) —pero su relación con el agua viene de cuando aquí solo vivían pastores de verano. Desde 2016, el Festival da Água cubre 2,3 km de calles con 18.000 metros de ganchillo de colores, labor que comienza en enero en casas dispersas y en la que participan 47 de las 424 personas que residen aquí.
Arquitectura que resiste al viento
Las casas se agarran al esquisto y al granito como si hubieran nacido de la propia montaña. En la Rua da Igreja, el muro de piedra seca que protege la huerta de los Carvalhos mide 1,8 metros y fue levantado en 1854 por Joaquim da Conceição —sus nietos aún recogen en él moras de zarzamora. Los hórreos: estructuras de 4×3 metros con rendijas de 2 cm, elevadas sobre cuatro piedras de basalto para proteger el maíz del roedor “rato-cego” que aquí llaman “rato-toupeira-do-mato”. La iglesia parroquial de São Cosme, construida entre 1756 y 1762 con granito de Vale de Maceira, tiene una sola nave de 18 metros —sin torre, porque el viento dominante del NE (que alcanza los 120 km/h en febrero) derribó la anterior en 1887.
Caminos que unen fe y paisaje
La ruta de senderismo Caminhos da Fé (PR2 GVE) atraviesa la parroquia como una costura invisible. Son 14 km que comienzan en el cruceiro de 1723 del Monte do Senhor do Calvário (Gouveia) y pasan por la capilla de São Pedro de Mangualde —cuenta la tradición que fue levantada en 1624 por un pastor que encontró una imagen del santo bajo una encina. Desde aquí, a 1.380 metros, se ve el valle del Mondego 600 metros más abajo —en octubre, cuando los castaños se vuelven color óxido, el paisaje parece un tapiz de Arraiolos. En el km 8, la senda cruza la acequia del Carvalhal: construida en 1936 por la Mocidade Portuguesa, lleva agua 3,7 km hasta la aldea, con una pendiente de solo 12 metros.
Mesa serrana, sabor concentrado
En el restaurante “O Cimo”, Maria do Céu sirve chanfana en platos de barro heredados de su madre —cabrito de seis meses, vino tinto del Dão (Quinta da Pellada, 2021), cuatro horas en horno de leña. El queso: elaborado en la quinta das Lezírias, con leche de oveja bordaleira, cuajado con flor de cardo silvestre (Cynara cardunculus) que crece en los arrecifes por encima de los 1.000 metros. La sopa de castaña: 400 g de castaña del souto da Ribeira (plantado en 1923), calabaza menina, aceite de la Beira Interior (almazara de Folgosinho, 0,2 % de acidez), hinojo que nace junto a la fuente. En diciembre, hay bolo de tacho —receta de la abuela Isaura (n. 1904): 1 kg de panceta de cerdo ibérico, 2,5 kg de harina de centeno, 18 huevos, cocido seis horas en la olla de hierro que se transmite de generación en generación.
Densidad humana, intensidad comunitaria
Once habitantes por kilómetro cuadrado. Pero los números no cuentan que cuando António (el único carpintero) se rompió el fémur en 2022, fueron 38 vecinos los que en tres días le recogieron la huerta y podaron sus 17 olivos. No cuentan que la biblioteca se llena los miércoles (17 niños, 8 adultos) ni que el grupo folclórico “As Estrelas da Serra” tiene 34 miembros —19 ya no viven aquí, pero vuelven para las fiestas. El ganchillo del festival: empieza en enero, cada persona hace de media 23 metros, se usa lana de la fábrica de Seia (100 % lana bordaleira) que el ayuntamiento compra a 3 € el ovillo. El agua que corre por la acequia de 1936, que riega la huerta comunitaria (847 m², 14 familias), que llena el pilón donde hoy los niños juegan con barcos de corcho —se convierte en excusa para el concierto de gaitas en el atrio, para la venta del dulce de calabaza de doña Amélia, para el taller de construcción de hórreos que Luís (78 años) da a los nietos de los emigrantes.
Al atardecer, el viento trae el olor a leña de roble de las 72 chimeneas aún activas. El granito de las casas va cambiando de tono: gris azulado a las 17.30, plomo a las 18.15, negro mate cuando se encienden las luces de Gouveia abajo. Y el agua sigue corriendo, discreta, esencial, por el canal que Joaquim de la Rua de Cima reparó el domingo pasado —porque “si esto se seca, se acabó la aldea”.