Artículo completo sobre Cativelos: la aldea que huele a chanfana y albahaca
Entre el Alva y la Sierra de la Estrella, la vida sigue al ritmo de cencerros y calderos
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El granito de los puentes de piedra en seco aún conserva la fresca de la noche cuando la primera luz toca el Alva. El río serpentea entre las vegas, reflejando vacas que pastan desde antes de que el sol asome; sus cencerros suenan como campanas sueltas en la bruma matinal. Al fondo, la Sierra de la Estrella se alza no como “presencia gris”, sino como muro vivo de pizarras y matorral, cambiando de color con las nubes que le rozan la cumbre.
No hay romería, cierto, pero en Cativelos el 15 de agosto sigue contando: las mujeres friegan las aceras ante las puertas, restregando el empedrado con ceniza de olivo, y a las cuatro de la tarde el párroco baja de la sacristía con la imagen de Nuestra Señora en un palio de madera pintado de oro. La procesión no va lejos —solo hasta el puente viejo y vuelta—, pero la gente sigue descalza sobre las piedras calientes, llevando ramas de albahaca que perfuman el aire seco del verano.
Donde la tierra aún se labra a dos
Los molinos del Alva no están todos en ruinas: en el corral de doña Alda, la rueda del Mouro gira todavía cuando la riada baja cargada. Dentro, el olor a orujo de aceite se mezcla con el moho de los muros de piedra. En las quintas, los hórreos de cuatro patas siguen en uso: no para el maíz, sino para guardar las herramientas y los sacos de pienso. En abril, cuando se hace la “manta” de los campos, aún se reúne gente para ayudar al vecino: mujeres con pañuelo negro en la cabeza, hombres que hablan alto sobre el tiempo, mientras los tractores nuevos dibujan surcos perfectos en la tierra marrón.
La chanfana aquí no es de cabrito —es de chivo viejo, el que ya no sirve para reproducirse. Se cuece en una caldera de hierro negro durante toda una noche, con vino tinto de la Bodega Casa Nova y hierbas de la sierra recogidas en su falda. El cordero va al horno el día de San Juan, adobado con puerro del huerto y sal gorda de Manteigas. En la mesa de Navidad, siempre hay sopa de nabos —no es de alubias y trigo, sino de pasta casera cortada a cuchillo, que las chicas hacen por la mañana mientras los padres van a la Misa del Gallo.
Veredas de trashumancia y cielo catalogado
El camino hacia la Torre empieza justo detrás de la iglesia, subiendo entre muros donde los musgos crecen gruesos como alfombras. La senda no está señalizada: basta seguir las marcas blancas que los pastores pintan en las piedras con cal. A tres kilómetros, el Valle del Rossim se abre de golpe: un lago verde esmeralda donde beben las vacas, espantando a los ánades que anidan entre los juncos. Por la noche, cuando se apagan los faroles de la aldea, el cielo no es solo estrellas: es la luna llena que ilumina las pizarras como plata pulida, y la Vía Láctea que parece una carretera de leche derramada.
En la quinta de Zé Cardal, el queso no está en estanterías: reposa sobre la nevera, envuelto en paños de lino con la fecha escrita a lápiz. El requesón sale templado de las cuajadas a las seis de la mañana, y quien llega a tiempo lo prueba con pan negro y miel de la sierra. El señor Zé habla poco: enseña el queso con la mano, espera a que se cate, y solo entonces dice el precio. No hay viñedo en Cativelos, pero hay madroñales en los baldíos: en octubre, los niños van a recogerlos con cestas de mimbre, y las madres destilan aguardiente en el alambique de cobre que pasa de mano en mano.
Cuando la campana da las siete de la tarde, las sombras ya se alargan sobre el Alva. En el puente de la escuela, donde los críos se sientan a hacer los deberes, el agua baja baja, dejando ver las piedras redondas del lecho. Ahí, con los pies en el agua fría, se entiende que Cativelos no necesita nada más: solo el olor a tierra mojada, el sonido de las vacas que vuelven al establo, y la luz dorada que se pone tras la sierra, prometiendo otro día igual mañana.