Artículo completo sobre Figueiró y Freixo: piedra que huele a fiesta
En la sierra de Gouveia, dos aldeas donde el silencio sabe a castaña y el molino aún trabaja
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El granito del atrio aún conserva el aroma del jabón casero con que las mujeres lo fregaban la víspera de las fiestas. A las siete de la mañana, cuando el sol da en la torre, la piedra se calienta tanto que los gatos se acomodan encima para lamerse el lomo. Entre Figueiró y Freixo, el silencio es otra cosa: hay el zumbido de los tábanos en la era, el crujido de la puerta del Granero Popular y, a veces, José Mário cortando el motor de la motosierra «porque está estropeando el aire».
Memoria grabada en piedra
En la iglesia de Figueiró, el padre Antonio guarda la llave de hierro que abre el sagrario: pesa tanto que los niños no logran girarla. La rueda del molino del Brasón no es solo un símbolo: es donde mi abuelo decía que «el agua trabajaba más que los hombres». En Freixo, el cruceiro tiene una marca extraña: cuentan que fue un soldado francés que intentó cortar la cruz con la espada en 1810, pero el hierro se rompió y se quedó con el brazo dolorido hasta morir. En el museo, la fotografía de Rosa con la máquina de coser Singer sigue colgada junto a la ventana porque «ella no quería darle la espalda a la calle».
Entre fresnos y figueiras
El sendero a Lagares empieza justo detrás de la casa de Manuel del Pipo: es aquella verja verde con el perro amarillo que ladra pero no muerde. Ahí hay que pisar la piedra grande, si no te mojas los pies en el arroyo. En el souto del Viso, las castañas son pequeñas pero dulces: los mayores dicen que es porque el terreno «es frío y no deja que los frutos sean presumidos». Cuando baja la niebla, el olor de la esteva se te pega en la garganta y los perros dejan de ladrar, solo gruñen.
A la mesa con la sierra
El cordero guisado de doña Lourdes lleva tres dientes de ajo pelados con la navaja en la piedra de la lumbre: «si no lo hago así, no queda dulce». La sopa seca de Toño lleva siempre un huevo escalfado encima, porque «un plato sin huevo es como un día sin sol». El día de San Martín, las vecinas se reúnen en la era del señor Albano para hacer la magosta: cada una trae una jarra de vino distinto, y al caer la tarde nadie recuerda quién trajo qué. El queso de José Carvoeiro no se vende los domingos: «es día de descanso, incluso para la leche».
El peso del abandono
De los 377 que viven aquí, 175 ya no tienen dientes para morder la hogaza del horno. Pero los miércoles, la pastelería de Chico hace todavía bizcocho con la receta de su madre, y se acaba todo. La casa de doña Amélia, la primera a la izquierda al entrar en Figueiró, tiene las ventanas pintadas de azul aunque no vive nadie desde hace cinco años: «es para que las golondrinas no se pierdan», dice el hijo que viene desde Francia en verano. Cuando cae la noche, las luces que quedan encendidas son siempre las mismas: la del café, la del médico y la de la farmacia que a veces es solo Germano viendo la tele con la luz de la tienda puesta.