Artículo completo sobre Melo y Nabais: brujas, cencerros y Vergílio Ferreira
Casa-Memoria, inquisición y telares rotos: visita Melo y Nabais, en Gouveia, y siente la historia que cruje en cada piedra.
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La puerta de la Casa-Memoria cruje porque el hierro está cansado de tantos veranos. Dentro huele a papel viejo y cera de vela; no hay penumbra fresca, sino una luz de cocina que entra por la ventana rota y calienta el suelo de tablas, que cruje más que la propia puerta. En las estanterías, los cuadernos de Vergílio Ferreira no están guardados: están ahí porque nadie los quiso llevar. La oveja que se oye no es bordaleira, es mestiza, y el cencerro no resuena en la calzada: suena a hierro contra hierro, porque el animal tropezó en el escalón de la Casa do Canto. Estamos a 488 metros, sí, pero no se nota: se siente el peso del aire cuando la sierra nos pone la mano encima.
Cuando Melo era villa y aún se dice “voy al pueblo”
Melo perdió el título hace casi doscientos años, pero quien nació aquí sigue diciendo “voy al pueblo” cuando baja hasta el pelourinho. Los rostros tallados no son de jueces: son de un contrabandista y un cura, dicen los mayores, que acabaron en la hoguera por razones distintas pero igualmente malas. La Rua Direita no está catalogada por bonita: es porque no hay otra. La judería no tiene placa, pero hay una puerta baja en la Rua da Cadeia que conserva el dintel alto, donde se raspaban las barras de pan a escondidas los viernes. De los 95 procesados por la Inquisición, dos fueron por brujería: mujeres que sabían de hierbas para el parto. Las inscripciones hebreas no están en las casas: están en la piedra del Poço do Mestre, medio borradas por donde los niños apoyan los pies para beber agua.
Nabainhos y el chafariz que nadie lee
El chafariz manuelino de Nabainhos tiene una letra que el profesor Chitas dice que es una “bet”, pero nadie le da importancia. La iglesia de S. Martinho huele a incienso barato y a ropa tendida: el cura deja las ventanas abiertas para que no se ahogue el sacristán. El telar del museo no funciona desde 1987, cuando Doña Aurélia se rompió el pie intentando tejer una manta para la nieta. Las lanzaderas están rotas, pero se guardan en el cajón del fondo, “por si algún día sirven”.
Lo que se come (y lo que se deja atrás)
El cordero es de los que nacen aquí, pero el ajo viene de la huerta del Sequeira, que insiste en plantarlo junto al muro para que no se lo coman los jabalíes. La chanfana no es de cabrito: es de cabra vieja, porque la carne del cabrito es cara y se vende bien fuera. La feijoada de bongueiro lleva col silvestre, la misma que crece en los baldíos y que las cabras no tocan. El queso Serra huele al armario de la abuela: ese olor a madera y mantequilla rancia que se queda en los dedos. El pan es de mezcla, porque el centeno solo da de dos en dos años, cuando el invierno no es muy húmedo. En las adegas de pizarra, el vino es del Dão, sí, pero se sirve en vasos de café porque los de vino se rompen todos en las fiestas. Las queijadas de Nabais son de Nabainhos: nadie sabe por qué, pero la receta es de la Abuela Guida, que ponía menos azúcar porque le dolía la mano de batir.
Senderos donde se pierden las vacas
La Rota de la Judería empieza en el pelourinho y acaba donde estaba la sinagoga: hoy es un muro de piedra con una higuera que nació dentro. El sendero Melo-Nabainhos sube por un atajo donde las vacas se pierden cada otoño. En el Alto dos Seixos no hay mirador: hay una piedra grande donde se sienta quien quiere fumarse un cigarro a escondidas. Las cinco concesiones mineras dejaron un agujero que llaman “Poço do Inglês”: dentro, dicen, hay una locomotora enterrada, pero nadie ha ido a verlo porque el pozo es hondo y la cuerda es corta. Los pastores no trashuman: bajan las ovejas hasta las lameiras de Nabainhos y vuelven a casa a cenar. Los caminos de piedra suelta son los mismos, pero ahora los turistas llevan bastones de colores para no perderse.
Fiestas que acaban mal
San Isidoro es en mayo, cuando aún se puede comer sardina los domingos. La procesión del Señor del Calvario sube toda la cuesta, pero la mitad de la gente se queda a mitad porque el resto se va al café. La romería del Coito es en el convento, sí, pero el convento es ruina y la misa es en la carpa, donde el cura se queja del viento. La Fiesta del Pan es cuando las mujeres del Centro de Día hacen pan de maíz y los críos lo comen con mantequilla derretida. Los Reyes no son máscaras: son chavales con una manta en la cabeza que cantan a la puerta y amenazan con llevarse la gallina si no les dan aguardiente. El Entierro del Bacalao acabó mal hace tres años, cuando el cortejo se metió en la bodega y olvidó al difunto en mitad de la carretera.