Artículo completo sobre Vila Franca da Serra: piedra y fe en la Serra da Estrela
Pueblo de granito y capillas donde el río Seia susurra bajo la Ponte Nova
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El granito se calienta con el sol de la tarde y devuelve el calor en olas lentas. Aquí, a 341 metros de altitud, entre los últimos contrafuertes antes de que la Serra da Estrela se alce en toda su envergadura, Vila Franca da Serra respira al ritmo de las estaciones y del calendario de las capillas. Son 238 vecinos repartidos en 1.076 hectáreas donde la pizarra aflora entre robles y el río Seia discurre invisible hasta revelarse en la Ponte Nova, el antiguo puente de tres arcos que dio nombre al lugar.
Piedra, fe y memoria del siglo XVI
La iglesia parroquial de São Vicente se alza en el centro del pueblo desde 1691, fecha grabada en la piedra maciza que resiste los inviernos serranos. Pero es en la Casa do Quinhentista, donde vivió el capitán-mor António de Oliveira en 1545, donde la mirada se detiene: el vano manuelino, con sus volutas desgastadas por el tiempo, atestigua una época en que esta parroquia tenía otro peso —antes del 24 de octubre de 1855, cuando el decreto de extinción del municipio de Linhares la anexionó a Gouveia. La ermita de Santo António, mandada construir por João Dias en 1643, y la de Nossa Senhora de Fátima, levantada en 1952 junto a la Ponte Nova, marcan la geografía devocional. Más arriba, en el Cabeço Alto a 620 metros, los vestigios de un castro con torres de piedra en seco recuerdan que el territorio ya estaba habitado antes del 500 a.C.
Entre el Mazorro y el Horno del Pueblo
El peñasco del Mazorro, a 780 metros de altitud, es de esos lugares que no se explican con una foto. Hay que estar ahí, sentir el viento frío que sube por el valle del Seia, comprender la escala del paisaje —el verde intenso de las laderas de roble alvarinho, el gris de los riscos de pizarra, el sonido amortiguado del agua abajo. No es un mirador turístico: es donde, hasta los años sesenta, se reunían los pastores para marcar el ganado con hierro al rojo. Más cerca de las casas, el Forno do Povo, construido en 1923 por iniciativa de la junta parroquial, sigue en pie como vestigio de una época en que hornear el pan era tarea comunitaria —cada familia tenía su día: los lunes los Martins, los martes los Sousa, los miércoles los Oliveira.
Agua fría, piedra caliente
La playa fluvial de la Ponte Nova ofrece el contraste perfecto en los días de calor seco: agua a 14 °C que baja directa de la sierra, sombra de alisos, olor a musgo y tierra mojada. Es aquí donde los niños —los 15 que quedan entre 0 y 14 años— se zambullen en verano, mientras los mayores prefieren la orilla, los pies descalzos en la hierba baja. Los senderos que parten de aquí se integran en el Parque Natural da Serra da Estrela y en el Geoparque Estrela: el PR4 «Senda de las Pontes» llega hasta el Poço do Inferno, donde el Seia forma cascadas de 20 metros entre paredes de pizarra negra.
Queso, cordero y aceite de Beira
La mesa refleja la sierra. El queso Serra da Estrela DOP de leche de oveja bordaleira, curado en cuevas de pizarra durante 45 días, comparte protagonismo con el requesón Serra da Estrela DOP, más suave, casi dulce. El cordero lechal Serra da Estrela DOP y el cabrito de Beira IGP llegan asados al horno de leña, con patatas del Mondego y arroz de menudillos. El aceite —Azeite da Beira Alta DOP de los olivos centenarios del valle— lo aliña todo, verde-dorado, denso, con gusto a aceituna madura. Y siempre hay una copa de vino del Dão, tinto de Alfrocheiro y Touriga Nacional, para acompañar.
El sonido que queda
Cuando cae la noche sobre Vila Franca da Serra, el sonido que persiste no es de motores ni de voces. Es la campana de la iglesia de São Vicente, fundida en 1789 por Manuel Dias, marcando las horas con una cadencia que resuena entre las casas de pizarra, se mezcla con el viento y se pierde en los riscos del Mazorro. Un sonido que no marca prisa —solo presencia.