Artículo completo sobre Aveloso: campanas que guardan el silencio de la Serra
Entre pan crujiente y palacios de obispos, el pueblo donde las sombras se miden en campanadas
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El tañido de la campana de la iglesia parroquial nace dentro de la torre como si arrancara cera de una colmena. Resbala por las paredes encaladas, se cuela por las ventanas entreabiertas, hace temblar los mantos de lino en los tendederos. No es solo un toque: es un aviso de que las sombras ya han ganado la plaza y que el pan de la panadería del señor Joaquín está a punto de perder la costra crujiente. Aquí, a 658 metros de altitud, el silencio entre campanadas es tan denso que se podría cortar con el cuchillo del queso.
Cuando los obispos veraneaban
Aveloso fue villa y municipio hasta 1832, pero su importancia viene de antes: en el siglo XVIII, los obispos de Lamego huían del calor ribereño y subían hasta aquí con sus sillones de brazos y los pajes. Mandaron construir quinta y casas señoriales. El Palacio del Obispo aún conserva la ventana manuelina donde un niño escribió con el dedo «1793» en el polvo, el portal renacentista que roza el hombro de quien pasa, las cruces de la Orden de Cristo que sirven de apoyo a las codornices. Los mayores dicen que hay una estrella de seis puntas escondida en la espadaña —pero nadie la enseña a los turistas, es secreto de quien nació aquí.
La iglesia de Nuestra Señora del Pranto está justo al lado del café donde Antonio sirve el café en vaso de cristal. Dentro, la patrona tiene un ojo de vidrio que brilla cuando el sol da a las cuatro. Los altares laterales huelen a cera de vela y a espliego guardado en cajas de tabaco. Fuera, el picota sirve de banco a los hombres que juegan a la sueca a la sombra —nadie recuerda que fue símbolo de justicia, ahora es solo donde se apoyan los pies para atarse las agujetas.
Cruces de piedra y romerías en la dehesa
Las ermitas están donde la vista se cansa: Nuestra Señora de la Soledad guarda la llave en la puerta porque el ermitaño se perdió en la guerra, el Señor del Calvario tiene vistas a la sierra y al corral donde José Manuel mantiene los perros de caza, San Sebastián es donde las viejas llevan las gallinas enfermas para bendecir. En la dehesa, la romería empieza a las seis de la mañana con el olor del cerdo espetado que Celestino empezó a asar la víspera. A las nueve ya se oye el acordeón de Beto que viene del Fundão, al mediodía el vino blanco corre de las garrafas de cinco litros, a las tres los niños ya tienen las cachas de papel en las manos y los padres cuentan las monedas para la tómbola.
Por las cruces de piedra —algunas con la fecha borrada por el viento, otras con nombres que nadie reconoce— pasa ahora el Camino Interior de Santiago. Los peregrinos llegan con mochilas de colores y preguntan dónde se puede comer. Se les señala el café, donde la carta es sopa de alubias y chuletón a la piedra. Miran los olivos retorcidos y no saben que cada uno tiene dueño, que cada piedra marca un límite que se discutió en el juicio de aldea hace ciento cincuenta años.
Sabores de la Beira Interior
La cocina de Aveloso no tiene nombres complicados. Es cordero que doña Albertina sacrifica el viernes y sirve el domingo con arroz de grelos. Es cabrito que el casero del señor ingeniero trae ya despiezado, que la mujer de João Tomé cuece con unas hojas de laurel que arranca del pie del patio. El queso Terrincho viene envuelto en paño de algodón, duro como el tiempo, que se parte en trozos y se come con mermelada de membrillo que Adelaida hace en la cazuela de cobre. El aceite es del año, aceite nuevo que arde en la garganta, que don Domingos embotella en garrafas de cinco litros y vende a quien conoce. Los dulces son filhós de mantequilla y ocho yemas, tocino de cielo que doña Dolores hace con los ojos cerrados, regados con aguardiente que Evaristo destila en la almazara clandestina.
Cuando el sol se pone detrás de la sierra, la luz dorada entra por la ventana de la cocina donde Elena está haciendo la cena. El olor a leña se mezcla con el humo de la cocina, el gato de la vecina viene a maullar a la puerta, los nietos corren por la calle con las redes de la bicicleta sueltas. Y cuando la campana vuelve a sonar, no es para marcar ninguna hora —es para recordar que hay pan fresco en la panadería, que el café va a cerrar a las ocho, que mañana es día de mercado en Mêda y que los 184 vecinos de Aveloso siguen aquí, entre la piedra y el silencio, como siempre.