Artículo completo sobre Coriscada: silencio y romanos en la Beira Alta
Un pueblo donde el viento acaricia ruinas romanas y el cordero Terrincho sabe a monte
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El suelo de tierra apisonada cruje bajo los pies al cruzar la plaza desierta de Coriscada. No hay voces, solo el viento que barre la llanura a 496 metros de altitud, llevándose el olor a tierra seca y a resina de los almendros. Al fondo, los muros encalados de una casa reflejan la luz cruda de la mañana, y el silencio es tan denso que se oye el chirrido de una verja de madera que se cierra sola.
Aquí, donde hoy viven 177 personas —nueve niños, 119 mayores—, el tiempo tiene capas. El topónimo «Coriscada» evoca un corisco, un relámpago o tierra quemada, pero es bajo el suelo donde se esconde la memoria verdadera. En el Valle del Mouro, los romanos dejaron termas, solados decorados con motivos figurados, monedas y fragmentos de cerámica que afloran entre las zarzas. El pavimento ornamentado, expuesto a la intemperie, cuenta historias de agua corriente y baños rituales en un paisaje que hoy parece olvidado de todo salvo del viento.
El camino de los peregrinos y de los fantasmas
La Vía Lusitana del Camino de Santiago atraviesa Coriscada como un hilo invisible que une el interior de Portugal con el norte de España. Los peregrinos que pasan por aquí caminan entre olivares bajos y almendros retorcidos, cruzándose con tractores oxidados y muretes de pizarra que delimitan fincas sin puertas. No hay señalética turística, ni bares de carretera. Solo el empedrado irregular, el polvo que se levanta a cada paso y la certeza de que este es un territorio donde la presencia humana se mide en rastros, no en multitudes.
Cordero, aceite y almendra: la despensa de la Beira Interior
La gastronomía de Coriscada no se inventa: se hereda. El cordero Terrincho DOP pasta en las laderas, alimentado de hierbas aromáticas que imprimen a la carne un sabor salvaje. El queso Terrincho, duro y amarillento, se parte en lonchas gruesas y se acompaña de pan de centeno. El aceite de la Beira Alta DOP chorrea dorado sobre patatas asadas, y la almendra Douro DOP aparece en bizcochos secos que se guardan en latas de metal. No hay restaurantes en la parroquia, pero en las cocinas de granito aún se asa cabrito en horno de leña, y el humo sube despacio por las chimeneas de pizarra.
Lo que queda cuando todo se va
Coriscada no promete espectáculo. Ofrece, eso sí, la experiencia de caminar por un lugar donde la densidad humana es de siete habitantes por kilómetro cuadrado y donde el paisaje se organiza en función de la luz: olivos plateados al mediodía, sombras largas al atardecer, el perfil de los almendros recortado contra el cielo anaranjado. Los tres alojamientos disponibles son viviendas particulares, casas de piedra donde se duerme al sonido de la nada.
Al final del día, cuando el sol rasante incendia los campos de rastrojo, el Valle del Mouro parece arder otra vez. No con fuego, sino con la luz dorada que se acumula sobre los mosaicos romanos expuestos, sobre los muretes de tierra seca, sobre los senderos de piedra que nadie recorre. Y entonces se entiende el nombre: Coriscada, tierra de relámpagos antiguos, donde el destello ya pasó pero la huella quedó grabada en el suelo.