Artículo completo sobre Poço do Canto: silencio y pan de horno de leña
En la aldea de la Guarda donde la meseta respira y la campana se equivoca de badajada
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El silencio se te mete dentro. Primero es la falta —de motores, de voces, de prisa— y después llega lo demás: el chillido de la verja de doña Aurora, que nadie engrasa desde hace años; el viento que sube del Côa y trae olor a romero y a tierra quemada; la campana de la iglesia que a las siete da siempre una badajada de más, como quien se equivoca en la cuenta y decide dejarlo así. Poço do Canto nació a 665 metros, donde la meseta respira hondo y el horizonte se despliega sin interrupción. Trescientos treinta vecinos —menos los que se fueron a Francia y más los que volvieron a jubilarse— se reparten entre aldeas que el tiempo fue volviendo más calladas, más lentas, más suyas.
Donde la piedra guarda memoria
El único monumento catalogado —un Bien de Interés Público que aquí nadie llama así— es la capilla junto a la escuela, donde se entraba a las misas de difuntos oliendo a cera y a rosas marchitas. La piedra no es ornamento: es el banco junto a la puerta donde el padre de José Tareco remendaba las botas los domingos, es la pared que el sol calentó durante el día y a la que ahora la peña se arrima a fumar el último cigarro antes de irse a casa. Andar por las calles es leer en las fachadas encaladas —donde la pintura se desconcha en láminas perfectas— la historia de quien se quedó… y de quien se fue.
El camino que la atraviesa
La Vía Lusitana del Camino Interior de Santiago pasa por encima de la carretera comarcal, pero los peregrinos bajan hasta la aldea porque alguien les dijo que en la pastelería aún se hace pan en horno de leña. No son muchos —tres o cuatro al día cuando el tiempo acompaña—, pero llegan con las botas resecas de polvo y se van con la fiambrera oliendo a jamón y requesón, pidiendo perdón por no hablar bien el portugués. Rosa guarda las direcciones de quienes le mandan postales desde Santiago: «Recuerdo vuestro pan cada día».
A la mesa de la Beira
El queso Terrincho que hacía la abuela María ya no lo hace nadie igual —dicen que es el agua, dicen que es el pasto, dicen que es el tiempo que ya no se tiene—. Pero aún se encuentra en la ultramarinos del señor Alfredo, cortado en cuñas gruesas, oliendo a cuadra y a hierba seca. El cordero es de las tierras de arriba, come granadas y tojos y sabe a todo eso. La almendra viene de los tres almendros que quedaron en el patio del curandero —se tuestan en la cocina de leña, se muelen en la máquina de doña Alice, que sigue funcionando si le das dos patadas. El vino es de la añada en la que Antonio se marchó y dejó la viña al hijo: se bebe a sorbos pequeños, calienta la garganta y escuece los ojos.
El ritmo que se queda
Diecisiete niños aprenden a leer en la clase donde también aprendió su padre —la maestra es sobrina de la que les enseñó el abecedario. Las dos casas de alojamiento local pertenecen a la hija del médico y al nieto del cantero; las abrieron porque «la gente tiene que comer» y porque las casas se caían a trozos. No hay wifi en el bar, pero sí a José Manel, que explica cómo se vendimiaba antes de las máquinas: «ahora todo es muy fácil, pero no tiene gracia». Está la luz rasante de las cinco de la tarde que entra por la ventana de la cocina y hace bailar el polvo en el aire; el olor a leña mojada que se mezcla con el del café torrado; el silencio que no es ausencia sino presencia: el sonido de la pelota contra la pared cuando juegan los críos, el crujido de la puerta que no cerró el viento, la voz de la vecina llamando al gato que se llama «Preta» aunque sea blanco.