Artículo completo sobre Valbom/Bogalhal: aceite y silencio en la Beira Interior
Valle pizarroso donde el olivo y el cabrito saben a piedra y tiempo
Ocultar artículo Leer artículo completo
La tarde derrama su oro sobre el pizarro de los bancales donde los muros de piedra en seco dibujan geometrías rotas. A 565 metros de altitud, en este rincón de la Beira Interior, el silencio pesa: solo lo interrumpen el chirrido de una verja oxidada o el balido lejano de un rebaño. Valbom y Bogalhal se fusionaron administrativamente en 2013, pero el paisaje los había unido siglos antes: 3.233 hectáreas de valles y pastos donde la tierra impone su ritmo.
Vallis bona: el valle que cumple su promesa
El topónimo «Valbom» nace del latín vallis bona, valle bueno, y el nombre no traiciona. La fertilidad de estas laderas atrajo a comunidades desde la Reconquista cristiana, cuando la Beira Interior se articulaba en pequeños municipios agrícolas. Bogalhal —palabra que evoca charcas temporales y praderas húmedas— fue municipio autónomo hasta 1836, año en que pasó a depender de Pinhel. La memoria de aquella autonomía sobrevive en las capillas aisladas y en los caminos empedrados que conectan caseríos dispersos.
Hoy viven aquí 192 personas. Los datos del último censo cuentan otra historia: 112 residentes superan los 65 años; solo diez no han cumplido los 15. Una densidad de 5,94 habitantes por kilómetro cuadrado se traduce en horizontes vacíos y portones cerrados, pero también en la libertad de moverse sin prisa y en vecinos que se llaman por el nombre de pila.
Aceite, cabrito y el peso del granito
La tierra da lo que el clima permite. En los regajos más resguardados crecen olivos cuyo fruto entra en la denominación Aceites de la Beira Interior DOP —tanto de la Beira Alta como de la Beira Baixa, según la microzona—. El aceite local tiene acidez baja y sabor a hierba fresca, reflejo de los suelos pizarrosos y de la amplitud térmica. En las laderas altas, cabras de raza Serrana pastan sueltas; el Cabrito de la Beira IGP es fijo en las mesas, asado en horno de leña o estofado con patata y col.
La zona vinícola de la Beira Interior alcanza estas altitudes, aunque la vid no domina el paisaje como en otras comarcas. Aquí la polycultura de subsistencia sigue marcando el día a día: huertas amuralladas, secadero de centeno, almendros que florecen tarde por la altitud.
El tiempo sin reloj
No hay multitudes ni folletos impresos en papel couché. Solo existe una vivienda registrada como alojamiento —señal de que el territorio empieza a despertar curiosidad, aún tímida—. Quien se acerca a Valbom/Bogalhal no viene en busca de monumentos clasificados, sino por el privilegio de caminar por una pista secundaria sin cruzar un coche en kilómetros, o por escuchar el eco de sus propios pasos en el atrio de una ermita solitaria.
El granito acumula calor durante el día y lo devuelve al caer la tarde, cuando las sombras se alargan sobre los muretes. Queda el olor a humo de leña que sube por las chimeneas, el frío repentino cuando el sol se sumerge tras la sierra, y la certeza de que este valle sigue mereciendo el nombre que le pusieron hace mil años.