Artículo completo sobre Bendada: donde la Capeia convierte calles en plaza
En la aldea de 473 almas, toros, cencerros y silencio de frontera
Ocultar artículo Leer artículo completo
El sonido llega antes que la imagen: el tintineo metálico de los cencerros, el golpe sordo de pezuñas contra la tierra apisonada, voces que gritan instrucciones en una lengua que es portugués con acento de allá — o castellano con acento de acá. En Bendada, a menos de diez kilómetros de la frontera, la Capeia Arraiana no es folclore para turistas: es el día en que el pueblo entero se convierte en plaza de toros improvisada, con las puertas de las casas haciendo de barreras y los propios vecinos de grada.
Aquí viven 473 personas, dicen los papeles. En la práctica, son 473 que conocen a las otras 472. Más de la mitad ha pasado ya de los 65 y los niños que quedan se cuentan con los dedos de dos manos. Lo que sobra es espacio: 3.460 hectáreas de granito y madroños, donde el silencio es tan denso que hasta se oye pensar al vecino.
El territorio entre dos tierras
La Reserva de Malcata está ahí al lado, como quien dice «voy a la tienda». Es normal cruzarse con zorras más descaradas que los propios perros, o ver al buitre hacer piruetas sobre el cerro mientras vas a por el pan. El paisaje es lo que el tiempo y la falta de gente han dejado estar: carrascales donde los perros de caza crecen a sus anchas, arroyos que en verano son más piedra que agua, y un montón de granito que parece haberlo esparcido un Dios que se cansó de ordenar.
En la cocina se come lo que se cría. El cabrito va al horno de leña tras pasar la noche marinando en nada: aquí el aliño es el humo de la esteva y el tiempo que tarda en asarse. El aceite sabe a tierra y a heladas de abril, ese amargor que cosquillea en la garganta. El pan es de centeno, pesado como un par de botas, con corteza tan dura que serviría de escudo en una guerra de pueblo.
La fiesta que une dos orillas
La Capeia es lo que sería la corrida si la corrida hubiera nacido en un bar de aldea. Toros que no son exactamente mansos, pero tampoco de los de siempre, recorren calles que aún tienen más vacas que coches. Los chavales —los de aquí y los de allá— se hacen a los cuernos como quien va a por pan, con la diferencia de que el pan no mata. Entre trote y trote se bebe cerveza española y vino de la Beira, porque la frontera es línea en el mapa, no en la sed.
Hay tres casas que alquilan habitaciones. No son casas de vacaciones con nombres de inventario: son casas de toda la vida, con chimeneas que han calentado tres generaciones y sofás donde se duerme mejor que en la cama. No hay recepción; está doña Alicia, que trae las llaves y se queda a hablar del tiempo y de cómo el nieto se fue a Lisboa y no quiere saber nada de la tierra.
Cuando el sol se pone tras el castillo del Sabugal, las paredes encaladas se vuelven color miel y el humo de las chimeneas sube recto, como si tuviera miedo de manchar el cielo. El olor a leña de roble es el aviso de que hay cena en la mesa, de que hay fuego en la lareira, de que hay quien aún elige vivir donde el GPS se pierde y el silencio no es ausencia: es presencia de otra cosa.