Artículo completo sobre Malcata: el pueblo donde el lince acecha en cada piedra
Entre castaños milenarios y el silencio de la sierra, Malcata guarda el alma de Sabugal
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La luz de la mañana se cuela por la ventana de la cocina y baña la mesa donde descansa el pan recién horneado. Afuera, la campana de la iglesia marca las horas con un ritmo que el pueblo se sabe de memoria. Malcata despierta despacio, abrazada a la sierra que le da nombre, a 807 metros de altitud, donde el aire tiene un frescor seco que muerde las mejillas incluso en mayo. Trescientos veintidós habitantes reparten 2.125 hectáreas de dehesa, castaños centenarios y silencios densos que solo rompe el vuelo de alguna rapaz cuando cruza el valle.
Al final de la sierra
El pueblo nació en la Edad Media, documentado desde el siglo XIII, y su nombre viene del latín malcatum — terreno elevado. Durante siglos vivió de la tierra, del ganado y de la leña. En los años sesenta del pasado siglo, los carboneros bajaban la sierra con burros cargados de carbón vegetal, lo vendían en los pueblos cercanos y volvían con harina y sal. La emigración se llevó a la mitad de la población a Francia, Luxemburgo o Suiza. Las remesas de los emigrantes levantaron casas nuevas, modernizaron el pueblo, pero dejaron calles vacías donde solo los mayores —doscientos cinco, contra diecisiete jóvenes— guardan la memoria de los bailes en la plaza y del contrabando de aceite que cruzaba la frontera en noches sin luna.
El lince y la reserva
Malcata está literalmente dentro de la Reserva Natural de la Sierra de Malcata, creada para proteger al lince ibérico. El escudo de la parroquia exhibe una cabeza de lince y ramas de castaño con erizos abiertos —identidad grabada en piedra. El Centro de Interpretación del Lince explica el proyecto de conservación de la especie, mientras que la Ruta del Sobreiral, de 6,4 kilómetros, atraviesa bosques de roble y pino donde el jabalí deja sus huellas en la tierra húmeda y el gato montés se esconde entre brezos y romero. El embalse de Malcata, uno de los más altos del país, refleja el cielo en un espejo quieto donde se practica piragüismo y se pesca trucha.
Mesa de caza y montaña
La cocina malcatina no engaña: cabrito asado en horno de leña, jabalí estofado que tarda horas en ablandarse, conejo salvaje cazado en la sierra, arroz de liebre aderezado con vino tinto de Beira Interior. La trucha viene del embalse, fresca, a la plancha con ajo y cilantro. El Aceite de Beira Interior DOP lo adereña todo, y el Cabrito de Beira IGP llega a la mesa con la piel crujiente, espolvoreada de sal gruesa. Al final, arroz con leche o farófias. Restaurantes como O Tear, Trutalcôa o Casa da Esquila sirven esta mesa sin artificios, donde cada plato tiene historia de tierra y de gente.
La capea y el patrón
San Bernabé es el patrón, festejado con misa y procesión. Pero es la Capeia Arraiana la que trae movimiento al pueblo —la tradición raiana de toros por las calles, fiesta que recorre varias localidades de la frontera y que aquí se celebra aún con fervor. La plaza se llena de voces, el olor a sardinas asadas se mezcla con el polvo levantado por los cascos, y durante unas horas Malcata vuelve a ser lo que fue.
A pocos kilómetros, Sortelha alza sus murallas medievales, y el castillo de Sabugal vigila el territorio desde el siglo XIII. Pero aquí, en el pueblo al final de la sierra, lo que queda es el sonido del viento en los castaños, el frío que sube del valle al atardecer y el eco de los pasos en la calzada —testimonios silenciosos de quien se quedó y de quien se fue.