Artículo completo sobre Vila do Touro: el silencio del granito a 789 m
Aldea del Sabugal donde el viento trae olor a jara y la campana marca tiempos de piedra
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El viento atraviesa la aldea antes del amanecer, trayendo consigo el olor a jara mojada y a leña recién quemada. A 789 metros de altitud, Vila do Touro despierta despacio: el humo asciende de las chimeneas en hilos que se pierden en el aire cortante. El granito de las casas aún conserva el frío de la noche mientras la campana de la iglesia marca las horas con un sonido que parece llegar de otro siglo.
Piedra y altitud
La iglesia parroquial está ahí desde que tengo uso de razón. Por fuera, granito puro, tan austero como el invierno que se alarga seis meses. Por dentro, el altar dorado parece a punto de saltarte a la cara: tanta ostentación en un lugar donde la gente vive con muy poco. Cuentan que hay sillares manuelinos escondidos en la fábrica, restos de otro templo más antiguo. Hoy somos 177 almas, pero antes éramos más. Las casas señoriales que aún se sostienen son testigos mudos de otros tiempos, cuando este cruce entre la Beira Alta y la Beira Baixa tenía otra importancia.
Raíces que cruzan la frontera
En agosto, la aldea se llena. La Capeia Arraiana devuelve a los emigrados: se nota enseguida quién está de vacaciones, lleva aire de ciudad y zapatos limpios. Toros sueltos en la arena de tierra batida, música que mezcla portugués y castellano, gente sorbiendo cañas al sol. La romería de Nuestra Señora de las Nieves es el día 5: procesión, verbena, lo de siempre. Después, la peña se marcha y vuelve el silencio de siempre. El único bar del centro cierra pronto; solo abre de verdad cuando hay movimiento.
Sabores de la sierra
Si vas en septiembre, prueba el cabrito. Asado a la brasa durante horas, la piel queda crujiente como mandan los cánones. La chanfana es de esas que mantienen a los hombres rodeando la hoguera, removiendo la cazuela de barro y hablando del tiempo. Los embutidos que cuelan en la ahumada —morcilla negra, chorizo fuerte— se hacen como antes, con pimentón de la tierra y tiempo para curar. El aceite es de nuestros olivares, los que resisten al frío y al granito. Y si encuentras setas en otoño, guárdate el sitio en secreto. Aquí, los mejores puntos son tema serio.
Donde empieza la Malcota
La Malcota empieza justo al lado. Los senderos suben entre alcornoques y pinares: lleva agua, porque tras una hora de subida no hay cafés. El lobo anda por ahí, pero es más fácil ver su rastro que al bicho. El jabalí es otra historia: si te cruza uno, súete al árbol más cercano. El Côa queda cerca, con sus abrigos rupestres que merece la pena visitar si te van esas cosas antiguas. Por la noche, el cielo es negro tinta: se ven tantas estrellas que parece de coña.
Cuando el sol se pone tras la sierra, la piedra de la iglesia se vuelve dorada unos minutos. Después vuelve el frío, el silencio, el ladrido de algún perro al fondo. Esto es lo que hay. No va con todos, pero a quien le va, le va de verdad.