Artículo completo sobre Castanheira: donde la castaña cruje como disparo
A 709 m, entre niebla y soto DOP, el aroma a longal asado marca el ritmo del pueblo
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El olor a castaña asada no miente: es octubre y el humo de la escoba ya se eleva desde el suelo. Bajo los sotos, la niebla de la ribera se enrosca en los tobillos como un gato. Cuando la primera castaña reventada estalla contra el suelo, suena como un disparo de escopeta: nadie necesita despertador. La recolección empieza a las siete, mientras la tierra aún está húmeda del rocío y las manos arden de frío. Entre las ramas, el ‘longal’ se esconde como quien no quiere ser hallado; hace falta paciencia y uña larga para sacarlo del erizo sin pincharse. Castanheira, a 709 metros, no escatima esfuerzos: aquí la castaña es lo que el bacalao para los pescadores — religión, remedio y moneda.
El soto más pequeño con denominación de origen
Doce hectáreas, tamaño de tres campos de fútbol, pero con DOP en los papeles. El soto de Castanheira entra en la Castaña de los Sotos da Lapa como quien entra en la iglesia: cabeza gacha, sabiendo que es el menor, pero también el más envidiado. La cosecha está vendida antes de agosto — quien espera al otoño se lleva cartilla de reserva. Los troncos parecen mapas: arrugas que cuentan sequías, tormentas del 78, la helada del 93. En el suelo, la hoja seca se convierte en colchón; pisarla es oír al castaño rechinarse los dientes. El Camino de la Castaña sube ocho kilómetros hasta el Alto de la Señora del Monte; allí arriba, el Duero aparece de golpe, como si alguien hubiera corrido la cortina.
Piedra, fe y técnica ancestral
La iglesia matinal abre a las siete el domingo, pero a las seis ya se oyen las llaves de doña Rosa discutiendo con la cerradura. La piedra es de la tierra, cálida en verano, helada en invierno. Dentro, el olor a cera y a incienso se teje al abrigo. En el retablo, San Andrés lleva el salmón a la espalda — nadie sabe por qué, pero así es desde 1734. En la puerta, los peregrinos clavan castañas en los clavos: una por promesa, dos por añoranza. A la periferia, la ermita de San Sebastián cabe en un suspiro; allí, las paredes sudan el miedo a las pestes antiguas.
Al otro lado de la aldea, el horno de José Manel aún arde. Él fabrica tejas como si hiciera pan: amasa el barro con los pies, lo corta con alambre, lo deja secar al viento norte. Cuando abre el horno, el vapor huele a tormenta. Dicen que las tejas aguantan cien años; las que coronan la casa del señor Adriano ya llevan cincuenta y aún no han dado problemas.
Cordero, queso y el ritual de la magusta
En la taberna de doña Lurdes, el cordero entra al horno a las nueve de la mañana; a la una ya solo queda la tripa. Se sirve en fuentes de barro, regado con manteca derretida y sal gorda. El queso se desmenuña con el cuchillo del pan — no hay tiempo para cortes perfectos. En la magusta, cada uno lleva lo que tiene: unos traen vino embotellado en garrafas de plástico, otros traen al hijo que emigró. La hoguera se enciende con una sola palabra: «fuego». Después, cada cual rodea su agujero, removiendo las castañas con vara de nogal. Cuando se oye el primer estallido, alguien siempre dice: «Esta es para el abuelo, que hace dos años que no come».
165 vecinos, 165 historiadores
La aldea cuenta 165 habitantes y 165 maneras de contar el mismo día. En la papelería-cafetería, el señor Adriano marca el cupón de la primitiva y anota los fallecimientos en el mismo cuaderno. A las cinco de la tarde, la luz rasante tiñe los castaños de naranja y la ribera baja en murmullo. Los erizos siguen cayendo, golpeando el suelo como un reloj que nunca se atrasa. Octubre volverá — eso la aldea lo garantiza. Lo demás, se lo lleva el viento.