Artículo completo sobre Cogula: el pueblo donde el silencio sabe a cordero
A 603 m, entre granito y cardo, 168 vecinos cocinan lo que la sierra da
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Donde el viento pesa
Cogula no es un lugar al que se llega por error: es adonde se desemboca cuando se abandona a tiempo la N-234. Quedan 7 km de carretera comarcal serpenteando entre muretes de pizarra más bajos que un niño de seis años. Son 463 hectáreas, 168 vecinos y un silencio que solo se atreve a romper el viento. La aldea se asienta a 603 metros, suficiente para que el aire tenga ese filo que obliga al pulmón a recordar que sigue en funcionamiento.
Las casas, todas de granito con revoco que el tiempo ha convertido en ladrillo visto, no tienen prisa por enseñar nada. Lo que tienen son aleros anchos — los lugareños los llaman «cobertas» — que mandan la lluvia a la calle como quien despide a un perro molesto. En las ventanas, ni rastro de doble acristalamiento: hay hachas para partir leña y encajes de la abuela que han sobrevivido a tres legislaturas.
Lo que se come (y si no se come es porque uno ya se ha ido)
No hay restaurante. Está la doña Albertina que, si le llaman antes de las diez, aún consigue sopa de cazón con pan de centeno del horno de José Mario. El cordero no llega en fuente de barro instagramable: viene en una cazuela de hierro chorreante de manteca de cerdo y se coloca en la mesa oval, como mandan los 40 años de horno de leña.
El queso DOP no lleva etiqueta de papel reciclado; lleva la huella digital del señor Antonio, que aún sube a la sierra a por cardo. La castaña, cuando toca año, llena los soutos y los bolsillos — se come asada, sí, pero también se da a las ovejas para que engorden la leche. Todo es muy ecológico, pero no por moda: por falta de dinero para comprar química.
Santiago, pero sin tarjeta
Por aquí pasa el Camino Interior, ese que no todos los mapas señalan. Los peregrinos aparecen con mochila pequeña y mirada grande, piden agua en el grifo de la plaza — sí, aún hay grifo — y duermen donde pueden. Son cuatro casas con cama: dos tienen estufa de lenteja, una tiene un gato que ronca más fuerte que el alemán del piso de arriba.
Quien venga debe traer buen sentido de la orientación y, en general, buen sentido: el GPS falla, el móvil también, y el bar más cercano está en Trancoso, a 15 km. Pero si al atardecer cruza al señor Custodio apaciguando a la burra, puede que le ofrezca una granada. A veces uno se lleva de Cogula eso: una fruta y la certeza de que hay sitios donde el tiempo aún no se ha inventado.