Artículo completo sobre Reboleiro, la Beira donde el silencio sabe a queso Serra
A 667 m, 12 niños, cordero de monte y el Camino sin conchas
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El granito asoma en los muretes que marcan fincas donde aún pacen ovejas. Aquí, a 667 metros de altitud, el viento de la Beira Interior sopra sin obstáculos: trae el frío que cala hasta los huesos en invierno y el calor que abrasa el cerebro en verano. Reboleiro es una parroquia donde el silencio pesa. No es un silencio de cementerio, sino el que interrumpe el balido lejano de un rebaño, el arrastre de unas chanclas por la calzada irregular, el ladrido de un perro que no siempre ve quién pasa, pero ladra igual.
De los 247 vecinos empadronados en 2021, 137 habían superado los 65 años. ¿Niños? Doce. Tan pocos que todos saben sus nombres. El ritmo del día lo marcan los mayores que aún empunan la azada, encienden la lumbre a las cinco de la mañana y conocen la piedra que el abuelo colocó hace cincuenta años. Las casas distan entre sí, los corrales son amplios, hay sitio para plantar patatas, criar gallinas y tender la ropa sin molestar al vecino —que vive a doscientos metros.
En la ruta de los peregrinos
El Camino de Santiago pasa por aquí por la Vía Lusitana, la que también llaman Interior. Quien llega a pie encuentra un grifo con agua y, con suerte, a Pepe podando la viña, que ofrece unas naranjas. No hay albergue, no hay bar, no hay concha pintada en las paredes. Pero hay un banco a la sombra y un perro que no muerde si no hace falta. Es lo que hay —y para quien viene andando desde Trancoso, ya es mucho.
Sabores con sello de la sierra
El queso es el mismo que se come en toda la Serra: Serra da Estrela DOP, blando por fuera, más firme en el centro, perfecto para untar en el pan de centeno que la mujer de don Antonio aún hornea en el horno del pueblo. El cordero es de los que suben a las alturas, come hierba a mansalva y sabe a monte. El cabrito es para cuando hay fiesta: se asa en horno de leña unas tres horas, con un vaso de blanco por encima para que no se reseque. Las castañas se recogen en los soutos de la Lapa, luego van a la sopa o al dulce de huevos que doña Fernanda hace sin receta, solo a ojo.
Vivir entre piedras y pastos
No hay monumentos. Hay casas de granito que resisten tormentas desde 1800 y pico, hornos comunitarios donde aún se hornea el pan los viernes, caminos de tierra que se pierden entre la viña y el olivar. La vid se aguanta donde el viento no azota tanto y da vinos que no buscan la exportación, sino la mesa familiar con un plato de feijoada.
Al caer la tarde, cuando el sol se esconde tras el cerro y los muros se vuelven color miel, empieza a verse el humo de las chimeneas. Es la señal de que el día ha terminado —sin grandes alardes, pero con lo necesario.