Artículo completo sobre Vila Franca das Naves y Feital, el Portugal que se despierta
Pastores, peregrinos y quesos que meditan: vive la Beira Interior más cruda
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La piedra se adelanta a la puerta, como si temiera pasar desapercibida. Lajas oscuras salpicadas de líquenes que parecen gotas de mostaza antigua: cada lluvia deja su firma. A 703 metros el aire se parte en trozos, sobre todo a las siete de la mañana, cuando la niebla se aferra a los valles y las aldeas quedan ahí arriba, flotando como islas. Vila Franca das Naves y Feital no son dos lugares; es el mismo con una carretera que finge separarlos.
Territorio de pastores y peregrinos
El cordero con DOP Serra da Estrela es de aquí tanto como el gato de la casa: se queda porque le apetece. Pasta en los altos prados, mastica hierba que huele a mirto y acaba en el plato, magro y tenaz, con sabor a bicho que se ha dejado la piel en el monte. El cabrito anda suelto, se atraganta con tojo, carqueja y lo que le sale del pie; luego entra en el horno de leña y sale con la pelleja crujiente: es lo que se come el domingo, si hay visitas. El queso es otra historia: se tumba meses sobre tablas de madera, meditando la vida, hasta que decide deshacerse en rebanadas sobre la broa recién horneada.
El Camino de Santiago pasa por aquí, pero sin alharaca. Las flechas amarillas aparecen en muros como quien deja la puerta entreabierta: entra quien quiera. Los peregrinos que transitan estos vericuetos prefieren andar solos, sin tertulia de mochila. Algunos se detienen bajo el castaño de la Lapa —un árbol tan viejo que debió ver pasar a los romanos— y se marchan con castañas en el bolsillo y la promesa de regresar.
Vida al ritmo de la estación
La parroquia cuenta con 876 almas, pero parecen menos. Hay 280 mayores de 65 y 95 críos que aún no han decidido si se quedan o se largan. El resto está en el medio, contando los días para la vendimia o para la castaña, según la estación. En septiembre, las viñas viejas de la Beira Interior regalan uvas que saben a tierra caliente; el vino que de ellas se saca basta para olvidar el frío de diciembre. La labor se hace a mano, con la vecina al lado, a cambio de una cena y unas risas.
Hay tres casas para quien quiera dormir. No son hoteles: son casas de familia que se quedaron grandes y ahora alquilan habitaciones al viajero que no se escandaliza si canta el gallo. El desayuno trae pan de pueblo, mantequilla que no es margarina y mermelada de membrillo que la señora cocinó anoche. Después se sale por la puerta y se camina. No hace falta mapa: basta subir o bajar, según lo que se quiera ver.
Al caer la tarde el sol se posa en las tejados como quien se sienta en el banco de la plaza. La mujer de la primera casa tiende las sábanas, el tractor de José sube la loma a trompicones y el rebaño pasa lento, dejando olor a lana mojada y tierra recién calentada. Lo que se lleva uno no es ningún monumento: es el silencio entre dos campanadas, el perfume del monte pisado tras la lluvia y la piedra rugosa contra la espalda mientras se deja pasar a las ovejas.