Artículo completo sobre Chãs: el eco de la pizarra entre viñas
Un pueblo colgado del Duero donde la chanfana huele a romería y la pizarra guarda nombres
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La campana de la ermita suena más grave de lo previsto: no es aquel repique agudo de las campanas grandes, sino un murmullo que se agarra a la piedra y baja por el valle como si supiera que nadie lleva prisa. En Chãs, el día empieza cuando la luz toca primero la cima del cerro, aún antes del gallo de José Carlos. La niebla sube del Duero como leche al fuego, y la aldea queda suspendida, medio escondida entre los muros de pizarra que los abuelos decían ser «más antiguos que el propio hambre».
Las viñas no son solo «en terrazas»: son escalones abiertos a machetazos, donde la pala saltaba y el burro tiraba del sangrador. Aún se ven las marcas de los picos en las piedras. Cada muro guarda un nombre: aquél fue del tío Américo, aquel otro del compadre Albino. No hace falta placa; las generaciones se lo saben de memoria.
El peso de la piedra y lo sagrado
La ermita de Nuestra Señora de la Vega no es solo «piedra y cal»: es revoco desgastado donde los niños juegan a las escondidas, la puerta que cruje en el mismo sitio desde 1953, el olor a cera derretida que se pega al abrigo. La romería no «mezcla fe y convivencia»: es el día en que las mujeres hacen chanfana en tachos de hierro traídos de casa, los hombres beben jeropiga antes de las nueve, y los nietos que viven en Oporto regresan para oír al abuelo contar que, en el año de la gran helada, la imagen estuvo tres días atrapada en la nieve y nadie pasó hambre.
En la senda de los peregrinos
El Camino Interior pasa justo frente a la casa de Doña Elvira. Ella pone un jarrón de geranios en la ventana y ofrece agua a quienes golpean el suelo con el bastón. No es «una fuente» cualquiera: es la bica de Lamego, con caño nuevo puesto hace dos años porque la anterior se secaba cada verano. Quien se detiene, escucha enseguida la historia del nieto que también fue a Santiago y volvió con una concha tatuada en el brazo.
Sabores que nacen de la tierra
La almendra no «cruje entre los dedos»: se tuesta en el horno de Celestino, que aún carga leña al amanecer para tener lentejas a la hora de comer. El aceite tiene nombre: Lagar do Azeite do Pego, donde se hace cola con garrafas de cinco litros y se prueba en vaso de plástico, aún templado. El queso Terrincho viene de la aldea de al lado, pero quien lo hace es la hermana de Guida, casada en Vilar de Maçada —y solo se vende los viernes, cuando trae la leche sobrante. La miel sabe a romero porque las colmenas están en el cerro de las Bodegas, donde no sube nadie salvo el apicultor y sus perros, que ni ladran.
Cuando se pone el sol, la pizarra no «arde»: se vuelve rosa como la boca de una chica que se empaña en el espejo. El viento trae olor a tierra quemada y, si es época, a azufre de la fumigación de la viña que aún se hace con azufre en barro quemado. La campana vuelve a sonar, pero ahora es para la misa dominical —y solo se oyen los pasos en la escalinata de piedra, los zapatos de suela de goma que resbalan sobre el musgo del invierno.
Chãs no lleva prisa ninguna. Hasta el tractor de Joaquim, cuando sube a las nueve de la mañana, parece pedir permiso a la piedra.