Artículo completo sobre Jardim da Serra: donde la Laurissilva esconde el mar
Caseríos, cerezos y humo de espetada en la parroquia que prefirió no crecer
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La carretera serpentea hacia arriba y, a 822 metros, el aire cambia de sabor: más seco, ligeramente dulzón, con un deje de humo de laurel que sube de la espetada que alguien está asando más abajo. Jardim da Serra aparece de golpe, tras la última curva: caseríos encalados, cerezos que trajeron los alemanes en los años cincuenta y, al fondo, la Laurissilva como un muro verde que impide ver el mar. La parroquia nació en 1989, cuando se cansó de ser anexa al Estreito, pero aún parece un lugar que se olvidó de crecer —y eso es, quizá, su mayor virtud.
Piedra, madera y memoria
La iglesia de Nuestra Señora de la Gracia se alzó en 1942, pero el retablo de talla dorada viene de la capilla anterior, de 1928, y los azulejos del siglo XVIII llegaron de quién sabe dónde. Pocos recuerdan al padre José Silvestre Ribeiro, pero todos conocen la historia del cruceiro de la Achada: dicen que fue el primer sitio donde se paraba a descansar a los bueyes que subían la sierra con las pipas de vino. El molino de Lombo Chão funciona los sábados, pero solo si Joaquim está por allí —él sabe regular el agua para que la rueda no se rompa otra vez. Cuando gira, suena a madera crujiendo y a grano golpeando piedra. La harina huele a tierra y a trabajo.
Broa, vino de cheiro y hogueras de San Juan
La espetada aquí no es solo carne: es el olor al laurel ardiendo, el maíz hervido que quema la lengua, el bolo do caco que se parte con las manos. En agosto, la Festa da Graça llena la plaza de gente que no se ve el resto del año. Hay quien viene solo por la broa —la de maíz, con corteza gruesa y miga húmeda— y por la miel de Calheta que chorrea entre los dedos. Lourdinha ya no va a las ferias, pero aún quien lleva sus paños, con el maíz bordado a hilo de algodón. En San Juan, se enciende una hoguera por cada casa y las malassadas pasan de mano en mano antes de comerse. A quien no le gusta la aguardiente le toca fingir, porque es lo que toca.
Laurissilva, levadas y vuelo sobre el abismo
La ruta de la Levada do Norte empieza en Lombo Grande y baja hasta Estreito. Ocho kilómetros de piedra húmeda, helechos que mojan los pantalones y el olor intenso del laurel-cerquinho. El estrellito de Madeira canta, pero nadie lo ve. Desde el mirador de Boca da Corrida, Johnny se lanza en parapente antes de las ocho —dice que el aire es más estable y que la vista aún no está empañada por la niebla. Abajo, Câmara de Lobos parece un juguete: casas de tejado rojo, barcos puntiagudos y el mar que no se oye. Quien no quiere volar, se queda en tierra y respira el aroma de la Laurissilva, mezcla de hierbas, musgo y aire puro.
Vino en botijos de barro
La Adega do Lagar abre cuando a Zé le apetece. El vino de cheiro sale de una tina de madera oscura y se bebe en vaso de plástico, porque los botijos son solo para enseñar. La broa viene del horno de la vecina, aún caliente, y se parte con la mano. Los martes hay mercado en la plaza de la iglesia: plátanos de la tierra, pequeños y dulces, miel que cristaliza en el frasco, mimbre que huele a ribera. Nadie se hace rico, pero todos se quedan hablando.
Al caer la tarde, la niebla sube del fondo del valle y cubre los pomares. El campo de tiro con arco está en Lombo Chão: es el único de la isla, abierto solo los fines de semana. El silbido de la flecha corta el aire y desaparece entre los laureles. Aquí el tiempo no pasa —se desgasta, como la piedra de los cruceiros, como la madera de los molinos, como las manos que aún hacen pan con harina de maíz.