Artículo completo sobre São Martinho: bacalao, vino y fiesta en la ladera
En esta parroquia de Funchal el 11-N huele a castañas, Madeira nuevo y tradición
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El olor al bacalao asado en horno de leña llega antes que la iglesia. En la víspera del 11 de noviembre, el humo se eleva lento entre las terrazas abarrotadas junto al atrio de São Martinho, mezclándose con el vapor de las castañas que estallan en la brasa y el aroma dulzón del vino nuevo de Madeira, servido de botellas sin etiqueta. Hay quien lleva allí desde media tarde, copa en mano, y quien llega ya entrada la noche, atraído por el resplandor amarillo de las luces de fiesta y el sonido apagado de una banda que afina tras la sacristía. Es una escena que se repite desde hace siglos: los registros de 1758 ya documentan la cata del vino nuevo la víspera de la festa, tradición que cristalizó en el proverbio que aquí todo el mundo sabe de memoria: «São Martinho, castaña y vino».
Una parroquia que se tragó las quintas
São Martinho nació en 1557 como una de las primeras parroquias de Funchal, desgajada de la Sé. El nombre viene de la devoción a San Martín de Tours, el caballero que partió su capa con un mendigo. La parroquia creció devorando lo que encontró a su paso: quintas señoriales como la de los Barcelos (siglo XVII), lugares rurales con nombres que ya aparecen en mapas de 1652 — Virtudes, São Paulo y Fundoa — y viñedos que ascendían hasta los 400 m. Hoy, con 26 929 habitantes (Censo 2021) apretujados en 7,95 km², es la parroquia más poblada del municipio y una de las más densas del país: 3 387 personas/km². La presión urbana se nota en los bloques que trepan por la ladera, pero también en las casas solariegas decimonónicas que sobreviven entre ellos. La Quinta da Rochinha (1863), hoy hotel, conserva el portal de basalto original. La Quinta Magnólia, comprada por el ayuntamiento en 1982, se convirtió en parque público pero preserva la fuente de 1878 y los senderos de empedrado madeirense.
Azulejo, talla y una infanta que resiste
La iglesia parroquial de São Martinho, catalogada como Bien de Interés Público en 2012, se reconstruyó entre 1728 y 1740 sobre un templo manuelino anterior. El proyecto se atribuye a João Antunes, el mismo arquitecto que diseñó la Sé. En su interior, la nave se abre en retablos barrocos —el principal es de 1762, talla de José da Silva y dorado de José de Oliveira— y paneles de azulejo sevillano del siglo XVIII, cuyo azul cobalto atrapa la luz que entra por las ventanas altas. El atrio que la rodea, empedrado con losas de basalto pulidas por siglos de pisadas, forma parte del conjunto protegido. Allí, en la festividad del Corpus Christi, se erigen arcos de flores en la Rua da Igreja, tradición que comenzó en 1912.
Más discreta, en el lugar de Virtudes, la Capilla de Santa Ana (1780) sobrevive anexa a una casa solariega en ruinas. La talla dorada del interior y la pintura que representa a Santa Ana, San Joaquín y la infanta María resisten en mal estado: el dorado se desconcha, la humedad mancha los rostros pintados. El IPPAR catalogó la obra en 1997, pero desde entonces no se ha intervenido.
Del Pico dos Barcelos al negro de Praia Formosa
La parroquia se extiende desde los 138 m de altitud media hasta los 580 del Pico dos Barcelos, mirador natural donde se inauguró el Parque Ecológico en 2003. Desde allí se divisan, al mismo tiempo, el Curral das Freiras encajado en la montaña y la bahía de Funchal abierta al Atlántico. La amplitud es vertiginosa: en una sola mirada, roca volcánica, tejados color terracota y el azul profundo del mar. Parte del territorio integra el Parque Natural de Madeira desde 1982 y roza la Laurissilva, declarada Patrimonio Mundial por la UNESCO en 1999. El aire allí arriba tiene otra consistencia: húmedo y fresco, saturado del verde oscuro de los laureles y el murmullo constante del agua en las levadas.
La ruta de la Levada do Bom Sucesso, abierta en 2004, serpentea 3,7 km entre eucaliptos y laurissilva, terminando en el mirador del Poço Barral. La levada se construyó en 1889 para abastecer la ciudad. Más abajo, en la orilla, Praia Formosa —la mayor playa de arena negra de la ciudad, con bandera azul desde 1986— ofrece el contraste térmico: el calor de la arena oscura bajo los pies, el frío repentino del Atlántico golpeando las pantorrillas. El paseo peatonal que une con Praia do Gorgulho se inauguró en 2008, transformando la línea de costa en un corredor continuo de 3 km.
Dancilhas, poncha y bolo do caco
Desde 2012, en octubre, el Festival Dancilhas convierte el Jardín de la Quinta Magnólia en un salón de baile al aire libre. Promovido por la junta parroquial y la asociación Rodopio Pitoresco, el programa incluye danzas tradicionales europeas, talleres de Bal-Folk y veladas de folclore. Comenzó con 500 participantes y en 2023 alcanzó los 3 000. El sonido de las violas de la Associação Musical e Cultural da Ajuda se mezcla con el de las palmeras al viento —una combinación que solo tiene sentido en esta latitud.
En la mesa, São Martinho no tiene productos DOP o IGP propios, pero la cocina madeirense que aquí se practica no necesita sello para convencer. El Restaurante O Portão sirve espetada de vaca desde 1978, suspendida en la vara de laurel que llega de la Serra de Água. El bolo do caco de la Panadería do Lido, abierta en 1985, se parte a las 7 de la mañana aún caliente. Las lapas a la plancha del Cais Velho llegan a la mesa chisporroteantes, con limón de Calheta y millo frito al lado. En la pastelería Vilaça, las broas de mel siguen la receta de 1898 y las queijadas de almendra se acompañan de poncha de mandarina —la fruta viene de la Quinta do Furão, en Santana.
El Jardín Botánico, situado en territorio parroquial desde 1960, reúne 2 500 especies vegetales. El teleférico, inaugurado en 2003, lo conecta con Monte en 15 minutos. El descenso se hace en cesta de mimbre: cesta, velocidad y la confianza ciega en los carreiros que guían el trayecto con las botas frenando sobre el asfalto. El recorrido mide 2 km y baja 100 m de desnivel.
La última copa de la víspera
Cuando la noche del 10 de noviembre avanza y las terrazas junto a la iglesia empiezan a vaciarse, queda en el aire un olor compuesto que es solo de este lugar: carbón de castaña, sal de bacalao, el sabor dulce y caliente del vino nuevo servido en vasos de vidrio grueso. La cofradía del vino nuevo, fundada en 1996, reparte 3 000 litros entre los asistentes. Alguien barre las cáscaras de castaña del atrio —son toneladas que el ayuntamiento recoge durante la madrugada—. La campana de la torre da una vez, seco y breve, y el eco baja la ladera hasta perderse entre los tejados, camino del mar.