Artículo completo sobre Caniçal: madrugada de pan tibio y ballenas
El pueblo de Madeira donde el mar huele a cera y los niños jugaban con huesos de cachalote
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La luz da de lleno en la península de São Lourenço antes que en cualquier otro punto de Madeira. En Caniçal, la madrugada huele a brisa marina y al pan de la Padaria do Caldeira —el de arriba del antiguo Cine-Teatro— aún tibio en las cajas de madera antes de las seis. El pueblo se aferra al anfiteatro natural como quien se agarra a una barca, y el viento de levante entra sin llamar, levantando las faldas de las dependientas de la Rua da Praia.
La costa que siempre miró hacia afuera
Garcia Moniz levantó la capilla de São Sebastião donde hoy está el campo de fútbol; los mayores dicen que se oyen a los santos rechinarse los dientes cuando pita el árbitro. El fuerte do Pesqueiro no es ya más que un muro de piedra donde los niños cazan lagartijas, pero hasta 1958 aún apuntaba al mar un cañón oxidado. La iglesia actual, de 1749, es la tercera en el mismo lugar: la primera la barreron los corsarios, la segunda el terremoto, esta se quedó. El techo de madera tapada huele a cera de abeja cuando el sol lo calienta.
El acueducto trajo agua en 1955, pero también a los trabajadores del Minho que se casaron con las hijas de los pescadores. Nacieron los «caniçalenses de primera» —mitad acento marítimo, mitad continental— y con ellos el bolo do caco con alheira, que aquí nadie hacía antes. La fábrica de la Balela lo cambió todo: los hombres empezaron a oler a aceite de ballena, las mujeres a trenzar cuerda en el patio y los niños jugaban con huesos de cachalote en la Praia de Santana.
Cuando el mar se mete en la procesión
En septiembre, Nossa Senhora baja por la Rua Dr. Horácio Bento de Gouveia —nadie la llama así, es «la calle de abajo»— y Chico do Barco arranca el San Miguel con el motor cascándole como cada año. La imagen va a bordo sobre una toalla de ganchillo, porque el mar siempre salpica un poco. Cuando el cortejo gira junto al antiguo lagar, las viejas sueltan los pies de gallina en el agua: tradición que nadie explica del todo, pero que recuerda cuando se lavaba la ropa allí mismo.
La Capela da Piedade está en medio del cementerio, donde se enterraba a quien moría en el mar sin cuerpo; hay tres lápidas con fecha y sin nombre. El faro es otra historia: lo construyó un inglés que se enamoró de la hija del guarda de aduanas y dejó la torre pintada de blanco «para ver mejor la sangre de los barcos».
Senderos entre la levada y la península
La levada empieza justo detrás del antiguo matadero —ahora es el garaje de Zé Moleiro— y los primeros cincuenta metros huelen siempre a eucalipto quemado. Al andar se oye el «¡plaf!» de los tubos de riego: es don Antonio, que abre el grifo a las nueve en punto y grita «¡que se mojen!» a los turistas. A la derecha, el agujero donde Juan Cabeza de Oro enterró las latas de conserva del ejército alemán: siguen ahí, oxidadas, marcadas con «1944».
En la Baía da Abra, la marea baja deja charcos donde los niños cazan percebes con sus padres, pero solo después de la advertencia de la madre: «ojo con el burro marino, que ayer andaba por ahí». El mirador do Estreito es donde las parejas vienen a «hacer cabezadas» al atardecer y donde don Antonio el cura cuenta las luces de los barcos como quien reza un rosario.
Cuando la anda regresa, Chico do Barco acelera el motor para secar la toalla —y porque sabe que el San Miguel debe estar de vuelta en el muelle antes de las nueve, cuando Filipe abre el Bar dos Pescadores y nadie quiere perderse el café de la procesión.