Artículo completo sobre Madalena do Mar: el pueblo que huele a plátano
Ochenta hectáreas de bancales verdes sobre el mar, levadas y caldeiradas entre niebla y espuma
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El aroma a plátano maduro lo anuncia antes de llegar. Madalena do Mar se agarra al pizarro en bancales que bajan como una escalera verde hasta la carretera regional. Ochenta hectáreas de follaje denso, visibles desde el mar como una alfombra pegada al acantilado. En invierno, la niebla sube del océano y cubre los invernaderos; tarda en irse, pero cuando se disipa queda el rumor de las olas y, a veces, una concertina en una terraza.
La parroquia nació en el siglo XV, tierra de Rui Gomes da Câmara, y se ha mantenido entre la red de pescar y la roca. La iglesia parroquial es de 1750, dedicada a Santa María Magdalena; el «do Mar» viene de la pesca y del puerto que sigue ahí. En los antiguos almacenes de sal ahora se sirven caldeiradas de cherne; cuando el mar sube, el agua golpea el asfalto y los conductores aminoran la marcha para ver la espuma.
Entre levadas y piedra
La levada do Moinho arranca junto a la ER229 y asciende 4 km hasta el pozo de la Cascata dos Anjos. Se hace en hora y media, es llana y siempre hay alguien con chanclas que resbala en el musgo. Dos kilómetros más arriba, la Levada Nova regala una vista sobre los platanares y el mar; tras 3 km se llega a Lombo das Figueiras, donde la cafetería de doña Lourdes sirve un café por 80 céntimos. No hay playa, hay charcas entre rocas: la más grande está a 200 m del puerto, junto al muro de contenedores, y solo es segura cuando el mar está en calma. Las salidas de avistamiento de cetáceos parten a las 10 y a las 14 h, cuestan 35 € y devuelven el dinero si no aparece nada —rara vez ocurre.
Qué se come
Espada con plátano: filete a la plancha, plátano frito y salsa de maracuyá, 12 € en el restaurante O Sol. Las lapas valen 14 € el plato; el limón es obligatorio. Poncha tradicional: aguardiente, miel de caña, lima, 3 € el vaso de madera. El molino que elabora miel de caña solo abre en agosto; está detrás de la iglesia y vende botellas de 0,5 L por 6 €.
Fiestas
Tercer fin de semana de julio: procesión, verbena y fuegos desde las 23 h en la playa de piedra. Festa do Mar, septiembre: desfile de barcos y red de arrastre para enseñar cómo se tiraba el jurel. Carnaval: domingo por la tarde, grupos de concertina recorren la aldea; quien no abre la puerta recibe una copla de desamor. Día de la Siega, mediados de octubre: se cortan racimos de plátano al son de un triángulo; el trabajo es suyo, la cerveza es gratis.
Lo que quedó
El teleférico experimental de los años 90 atraviesa todavía los platanares, pero no funciona desde 1998. Ahora sirve para sostener cañas de riego. De los 508 vecinos, 42 tienen menos de 15 años; la escuela tiene dos aulas y comedor gratuito. La densidad es tan baja que cada casa tiene su bancal, un mango y vista al mar —pero también la factura del agua más cara de la isla, porque sube en cisterna.
Al caer la tarde, el Bar da Praça abre a las 18 h. Sirve cervezas a 1,20 € y deja la puerta abierta para la concertina que aparece los viernes. Cuando el sol se pone tras el Pico da Torre, la luz se arrima a las paredes encaladas y el olor a plátano baja otra vez, más dulce que la sal que se queda en la piel.