Artículo completo sobre Gaula: viñas entre Laurisilva y Atlántico
Casas en ladera, uva para el garrafón de Navidad y la capilla del siglo XVII
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La carretera ER-102 serpentea entre la costa y la montaña, y Gaula se descubre poco a poco: casas de tejado rojo esparcidas por la ladera entre los 230 y los 450 metros de altitud, viñas en bancales que el padre de un amigo mío sigue llamando «poios», y el verde oscuro de la Laurisilva tapando el cielo al norte. El aire trae humedad atlántica mezclada con abono de plátano; no es olor, es perfume. A diez kilómetros del aeropuerto, la densidad oficial de 535 hab./km² no se traduce en bullicio; se traduce en muros de piedra de pizarra que aún sujetan tierra arrebatada al declive.
Entre la Laurisilva y el océano
Gaula se asienta literalmente en el límite del Parque Natural de Madeira: al norte, el bosque de Laurisilva declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1999 empieza en la levada do Poço da Neves y sube hasta el Pico do Areeiro. Al sur, el Atlántico se ve desde la iglesia de São João Batista (reconstruida en 1952 tras el terremoto de 1948) y, los días claros, se alcanzan a distinguir las Islas Desertas. Esta posición definió lo que aquí se come: ñame, plátano de la tierra, espinaca africana (el Beta vulgaris que llegó desde Cabo Verde) y, por supuesto, uva para el vino de mesa; nunca fue viticultura de exportación, era para el «garrafón de casa» que aún aparece en las mesas de Navidad.
El único testigo catalogado
Es la Capilla de Nossa Senhora do Livramiento, en el Lombo de Gaula. Catalogada en 2013 como Bien de Interés Público (Diário da República, 2.ª serie, n.º 119), conserva un retablo manierista del siglo XVII traído desde Lisboa tras la expulsión de los jesuitas. El resto del patrimonio es difuso: los molinos de agua de la Levada do Lajeado (cinco aún en pie, dos restaurados por el Club de Montaña de Madeira en 2018), las eras de trilla en piedra de sierra en el Lombo Galego, y los tubos de madera (lambas) que desvían agua desde 1894 hasta el tanque público de la Fonte da Senhora, donde hoy hacemos barbacoas de Navidad.
Vino y tierra trabajada
La variedad predominante es la Tinta Negra plantada tras la plaga de la filoxera (1909-1912). El Instituto do Vinho da Madeira registra 11,3 ha de viña en Gaula (datos 2022), pero ningún productor tiene la Denominación de Origen Madeira; venden la uva a la Cooperativa de Santo da Serra o destilan aguardiente para casa. El resto del espacio es huerto productivo: chirimoyas para vender en diciembre, maracuyá de culebra (el Passiflora ligularis) que sirve para mermelada, y el ñame que va entero al mercado de São Pedro en Funchal: unas 80 t/año, según la DRAP Madeira.
Generaciones en equilibrio frágil
El INE cifra en 590 los menores de 14 años y en 724 los mayores de 65 en el censo de 2021. La Escuela Básica de Gaula tenía 137 alumnos en 2023 (23 menos que en 2015); el centro de día, inaugurado en 2019, tiene lista de espera. Aun así, el café «O Canto» se llena a las 7.30 h con quien se dirige al Free Shop o al hotel Quinta Splendida — ambos a 12 minutos en coche. Y, el viernes por la noche, el campo de fútbol de arena del Lombo de Gaula recibe a los «veteranos» que juegan desde 1998 con la camiseta del SC Gaulense.
El sonido que queda es el de la Levada do Lajeado, canalizada en 1886, que pasa bajo mi casa. Corre 24 horas, 365 días; cuando falta, alguien llama al chefe de levada y él sube con la azada de acero inoxidable que compró el ayuntamiento en 2020. Es este hilo de agua el que nos recuerda que la tierra es lava viva, que la huerta es de quien la riega, y que Gaula, aunque el DNI diga «Santa Cruz», sigue siendo aldea dentro de la ciudad.