Artículo completo sobre Arco de São Jorge: verdelho y bacalao entre muros de bruma
Pueblo vinero colgado sobre el Atlántico donde el vino nuevo besa al santo bacalao cada 11 de noviem
Ocultar artículo Leer artículo completo
El perfume de la caña morada —así llaman aquí a la caña de azúcar— nos asalta al alba, cuando la bruma baja de la Lomba. Arco de São Jorge no es más que cuatro kilómetros de bancales colgados sobre el Atlántico, pero les basta para criar un verdelho que en 1873 llevó al párroco António Alfredo Ferreira de Sousa a jactarse en carta al obispo de Funchal: «No hay igual al nuestro, ni en Cães ni en Calheta». De sus 364 vecinos, 128 superan los 65 años; por eso, cuando la procesión de São Jorge sube la Rua da Igreja, los nietos portan las velas: los padres están en Suiza o en Venezuela.
Donde el vino nuevo encuentra al Santo Bacalao
La parroquia nació por carta regia de Pedro II el 28 de diciembre de 1676, pero el poblamiento se remonta a principios del siglo XVI, cuando João Gonçalves Zarco entregó estas tierras a António Teixeira, un caballero de su sequito. La iglesia, alzada entre 1723 y 1737 en la Achada, guarda un retablo mayor tallado por esclavos libertos que regresaron del Brasil con el oro del orfebre João de Sousa Carvalho. El 11 de noviembre el padre José Luís Silvestre Alves, natural del lugar, bendice el bacalao seco que saldrá en procesión dentro de una cesta de mimbre cubierta de flores de invierno. La tradición nació en 1918, cuando la gripe española diezmó la aldea y los supervivientes prometieron al santo «llevarle su cena» si salían con vida. El vino se bebe a boca abierta, directo al pipo, y el Feiticeiro do Norte —a nadie se le ocurre llamarlo Manuel Gonçalves— se recita de memoria:
«Ó São Martinho, guarda-nos do fim,
que a morte anda de sola feita em vin.»
El poeta analfabeto que vendía palabras a tres reales
Manuel Gonçalves vio la luz en la Canada do Jordão en 1858 y murió en la misma cama de madera de laurel en 1927. Nunca firmó su nombre, pero imprimió en la tipografía Gonçalves Dias de la Rua da Carreira 12 000 hojas sueltas que vendía en la feria de Santana a tres réis cada una. En la Biblioteca Municipal se conservan 47 ejemplares, todos con el sello «Prohibida la venta fuera de la isla». El poema más solicitado era «La zorra del corral», que satirizaba al administrador Jerónimo Rodrigues Leitão que, en 1893, mandó plantar eucaliptos donde había viñedos. Hoy la escuela primaria de Arco se llama Feiticeiro do Norte y los niños aprenden de carrerilla:
«Si el eucalipto es rey, yo soy papaviento,
que la viña es reina y el vino su lamento.»
Entre rosas y viñas experimentales
La Quinta do Arco se compró en 1954 al vizconde de Ribeira Brava por 1,2 contos de réis. Aquí no existía ni una sola rosal; las primeras 50 plantas llegaron en 1961 desde el Jardín de Aclimatación de Lisboa. Hoy suman 1 847 cultivares, pero quienes las cuidan las bautizan con los nombres de las mujeres del pueblo: la «Dona Amélia» es la rosa bourboniana que perfuma mayo; la «María da Conceição» es la gallica que resiste el viento Norte. En el museo del vino, instalado en el antiguo lagar de 1813, se cata un verdelho de 1999 que ganó medalla de oro en Burdeos; cuesta 36 € la botella y solo quedan 312, porque el resto se bebió en la boda del nieto del propietario.
Laurisilva y levadas bajo la mirada de Porto Santo
La senda PR 7 arranca junto al portón de la Quinta y asciende 320 metros en 2,3 km hasta el Mirador das Cabanas. Desde allí, a 560 m de altitud, se divisa Porto Santo los días en que el viento de nordeste supera los 15 nudos. La levada do Rei se construyó entre 1942 y 1946 con jornaleros que cobraban 18 escudos diarios y un jarro de guarapo a media mañana. El bosque de laurisilva ocupa el 75 % de la parroquia; en el 25 % restante hay 42 km de muros de pizarra seca, levantados entre 1750 y 1850, cuyos sillares aún muestran las marcas al hierro candente: «JG 1798» es João Gomes, el primero que plantó viña en la Lombadinha.
La campana de la iglesia da las siete de la tarde. Son siete badajadas, porque el campanero, Joaquim de Sousa, tiene 77 años y no quiere pagar al nieto para que toque. El sonido tarda 12 segundos en morir entre las laderas. Queda el olor a esteva quemada, el murmullo de la ribeira de São Jorge y la certeza de que, cuando uno llega aquí, se queda —aunque solo sea en la memoria de las cuatro personas que, de media, cada año regresan para no marcharse jamás.