Artículo completo sobre São Jorge: laurisilva y bruma atlántica
Parroquia de Santana donde el viento esculpe casas de paja y levadas
Ocultar artículo Leer artículo completo
El viento llega antes que cualquier viajante a São Jorge. Procede del Atlántico, cargado de sal y humedad, y azota las laderas con una constancia que ha ido esculpiendo el paisaje y el carácter de sus gentes. A 536 metros de altitud, esta parroquia de 1.173 almas respira entre el océano y la montaña. La temperatura se mantiene fresca todo el año: lleva una capa extra, incluso en agosto.
Entre el mar y la laurisilva
Colonos del norte de Portugal desembarcaron aquí a finales del siglo XV. En 1515 la parroquia oficializó la advocación del santo militar. Hasta 1676 abarcó también el territorio que hoy ocupa Arco de São Jorge. Quedan 19,3 km² donde apenas viven sesenta personas por kilómetro cuadrado: espacio de sobra para que la mirada se pierda entre levadas y valles de laurisilva.
La iglesia parroquial, en el núcleo, exhibe la arquitectura tradicional de Madeira con reformas que arrancan en el siglo XVI. No hay castillos ni puentes catalogadas; sí casas de madera y paja que resisten el paso de los siglos y el vendaval. La capilla anexa guarda la devoción local, celebrada en abril con procesiones y un pequeño baile popular.
Sabor de montaña
En la cocina de São Jorge la espetada madeirense —pincho de carne de res asada en laurel— se acompaña de millo cocido (maíz hervido) y patatas. La sopa de trigo y el conejo en salsa de tomate siguen la lógica del aprovechamiento total. En los días de fiesta aparecen el bolo de mel (bizcocho de miel de caña) y los suspiros. La producción de vino es modesta: algunos vecinos elaboran vino de mesa y aguardiente para consumo propio.
Caminos de agua y silencio
São Jorge es la puerta de entrada a la laurisilva, Patrimonio de la Humanidad. La levada do Rei parte a pocos minutos y serpentea 5,5 km por bosque denso. Desde el mirador la vista abarca la costa norte y los andenes que bajan en terrazas hasta el océano.
El Parque Natural envuelve la parroquia con apenas el 30% de la densidad de visitantes de otras zonas de la isla. Los nichos dedicados a São Jorge marcan senderos rurales. En enero resuena aún el canto dos reis, un villancico tradicional portugués.
Cuando uno se marcha, queda el sonido de las hojas al viento, la campana lejana y el agua de la levada que corre, indiferente.