Artículo completo sobre Fajãzinha: la cascada que habita en el mar
Bajo la cascada más alta de Azores, un pueblo de 71 almas cultiva ñame y recuerdos
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El sonido llega antes que la imagen: un estruendo continuo, grave, que parece brotar del propio basamento rocoso. Solo cuando la carretera baja los últimos tramos del acantilado se desvela la cascada — noventa metros de agua blanca que se precipitan directamente al Atlántico en un solo golpe vertical y levantan una neblina permanente sobre los lajios negros de la cala. Fajãzinha, la parroquia más pequeña de la isla de Flores con apenas setenta y una personas, vive bajo esa cortina de agua fría que el viento disgrega los días de temporal.
Una planicie entre el abismo y el mar
La fajã mide quinientos metros de ancho, exprimida entre el risco de basalto y el océano. Se formó con los detritos volcánicos arrastrados por la ribeira que ahora desemboca en cascada sobre el caserío. Desde el siglo XVI familias ocuparon este suelo llano, levantando casas de muros gruesos y tejados a cuatro aguas que aún resisten el vendaval. El nombre «Fajãzinha» es geografía pura: aquí el espacio se cuenta por palmos.
En la plaza de la iglesia de Nuestra Señora de la Concepción —edificada en el siglo XIX— la fuente pública sigue brotando agua de naciente, fría incluso en agosto. Allí se concentra el escaso movimiento de la parroquia: el 8 de diciembre, día de la patrona, regresan los emigrantes para la misa cantada y la procesión que recorre las calles estrechas, seguida de un convite con molho de inhame (ñame en salsa), torresmos y vinho de cheiro. El ñame vertebra la cocina local: cocido en salsa de tomate y moluscos, convertido en dulce, o asado en las brasas.
Bajo la caída más alta del archipiélago
El sendero PR1-FLO une Fajã Grande con Fajãzinha en hora y media de caminata, atravesando manchas de laurisilva con helechos y vináticos. A mitad de recorrido hay un mirador suspendido sobre la cascada —la caída más alta que desemboca directamente en el mar en todo el archipiélago azoriano. En las charcas de marea protegidas por muros de piedra, pejesauces y morenas ocupan las grietas del basalto.
Integrada en la Reserva de la Biosfera y en el Geoparque Azores, Fajãzinha cuenta con cinco niños y veintiún mayores. Desde el mirador de la Rocha —dos kilómetros arriba por carretera serpenteante— el caserío parece un belén de casas blancas arrimadas al cantil, con el islote del Cartario emergiendo del mar y la cascada siempre allí, blanca e imparable.