Artículo completo sobre Topo, el último aliento de São Jorge
440 almas, salitre y whisky en vaso de plástico donde la carretera se rompe
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El viento da de lleno, cargado de sal y olor a puchero. Es el aroma que me avisa de que ya he llegado: el vapor de las cacerolas se escapa por las chimeneas y se mezcla con el yodo que sube de los charcos de marea. La carretera, esa, aún se resiste veinte curvas después del punto donde el mapa reza «Topo». Cuando por fin se acaba la tierra, la mirada se tira por el acantilado y no topa con nada hasta África.
Tierra de extremo
Aquí residen 440 almas —menos en Cuaresma, más en verano— repartidas por senderos que parecen veredas de ganado. Las casas se agarran al desnivel como pueden; la salitre les carcome la cal y deja los portones con regusto a óxido que se pasa a la ropa tendida. En las curvas de los muros, la parra se arrima al suelo porque el viento no perdona, y las coles nacen pegadas a la piedra para calentarse con el calor que esta atesora del día.
Lógica del aislamiento
Cuando la marejada entra por el canal, el ferry cancela y se queda uno sin pan. Es entonces cuando la nevera decide enseñar qué guarda: restos de especies que Antonio trajo el otro día, queso curado que doña Idalina cambió por limones, y la caja de leche larga vida que se reserva «por si las moscas». Ir al médico se cita con tres días de antelación; ir a comprar se negocia con el horario del vecino que tiene coche más amplio. El aislamiento no es postal; es despertar a las seis para coger el ride de las siete.
Lo que queda
No hay terrazas; hay la puerta del Celeiro donde se bebe whisky en vaso de plástico mientras se espera a que entre la lancha. El pescado es lo que dio la mar la noche anterior: boca-negra frita con salsa de tomate casera, acompañada de ñame que Laurinda plantó en el huerto. Comer fuera significa llevar la sardina en pan de molde y sentarse en el espigón a ver como el lomo del Pico cambia de color.
A las seis y media el viento amaina y la campana de la Matriz repica como quien llama a los niños a la mesa. El sonido sube por la ribeira, entra por las ventanas entreabiertas y para el tiempo. Es en ese instante —cuando el sol se agarra a las piedras y el bronce de la iglesia se funde con el rumor del mar— cuando se entiende: Topo no es el fin del mundo, es el sitio donde el mundo acaba y vuelve a empezar.