Artículo completo sobre Urzelina: la torre que resistió a la lava
La erupción de 1808 arrasó todo menos el campanario de San Mateo en São Jorge
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La torre de basalto se alza solitaria sobre la lava petrificada. La piedra negra, ondulada como un río solidificado, avanza hasta el mar desde el 1 de mayo de 1808. La campana de San Mateo aún repica las mañanas de niebla, la misma que dobló mientras la aldea ardía ocho días seguidos, mientras la tierra se abría y vomitaba fuego. Alrededor de la torre, Urzelina se ha rehecho: casas de basalto con balconadas de madera, calles estrechas que bordean la memoria geológica del desastre. El viento trae olor a sal y a brezo, la planta que cubría estos riscos antes del poblamiento de 1460 y que aún da nombre al lugar.
El pueblo que la lava no logró borrar
La iglesia parroquial de San Mateo, levantada en 1555, fue engullida por la erupción del pico da Urzelina: todo, salvo la torre del campanario. Mientras la lava arrasaba 53 viviendas, 18 personas y 2.500 cabezas de ganado, la estructura de piedra permaneció intacta. Reconstruida entre 1859 y 1861 por el ingeniero António de Sousa, conservó el portal manuelino original. En el pequeño museo parroquial, abierto solo los viernes de 14:00 a 17:00, el paramento de brocado de 1751 deformado por el calor y el cáliz de plata parcialmente fundido cuentan la historia de una comunidad que se negó a desaparecer. La piedra basalta de la torre se calienta con el sol de la tarde, y el toque de campana a las 18:00 resuena por la aldea como lo hacía en 1807, antes del fuego.
Fajãs que desafían la gravedad
La fajã da Urzelina se extiende al pie de los riscos abruptos, formada por desprendimientos y coladas de lava que crearon suelo fértil junto al mar. En los muros de piedra —técnica agrícola azoriana transmitida desde 1480— crecen anones de pulpa blanca y dulce, maracuyás que perfuman el aire húmedo, huertos que se benefician del microclima protegido. El sendero que baja de la aldea hasta la fajã da Ribeira da Areia, clasificado como PR05SJO, serpentea entre tapias de piedra seca y pastos verdes donde el ganado pasta frente al océano. Son 3,8 km de caminata en los que la altitud oscila entre los 280 m del altiplano y el nivel del mar. En las ribeiras, los molinos de agua rehabilitados en 1998 —el do Galego y el do Ribeiro— aún guardan muelas de basalto donde se molía el maíz hasta 1965.
Queso, caldeiradas y el sabor de la isla
En los pastos que rodean Urzelina se produce el queso de São Jorge DOP, con técnicas documentadas desde 1612. En la Cooperativa Agrícola de São Jorge, fundada en 1927, el queso madura 90 días en cámaras a 12 °C. El caldo de pescado con ñame humea en las cazuelas de barro de doña Lurdes, la sopa de berro lleva queso de la isla deshecho en el caldo, el molho de fíados —estofado de vaca cocido cuatro horas— exhala olor a laurel y ajo. En el restaurante «O Pescador», la boca-negra llega a las 7:00 al muelle de Urzelina, a la brasa con sal gruesa de los salones de Angra. Los días de fiesta, el bolo de véspera —fermentado doce horas— y la queijada de San Mateo con canela de Madeira llenan las mesas comunitarias.
Tradiciones que resisten a la sal y al tiempo
El 21 de septiembre, la procesión de San Mateo recorre exactamente el mismo recorrido de 1808, pasando por la Rua da Igreja donde la lava se detuvo a 50 m de la torre. En verano, la Festa da Urzela revive en 2024 tras tres años de interrupción, con la chamarrita tocada por don Antonio, 87 años, en su acordeón de 1953. En las romerías de Nuestra Señora de la Concepción, el 3 de mayo, y en las fiestas de San Juan, el 24 de junio, los 896 vecinos (datos de 2021) se reúnen en el atrio de la iglesia. Los 121 escolares aprenden los pasos con la profesora Rosa, que enseña danza regional desde 1987.
Al caer la noche, cuando las luces LED se encienden en los balcones de madera pintados de verde-brezo y el humo de las chimeneas subue recto en el aire en calma, la torre de San Mateo proyecta una sombra larga sobre la lava negra. Mide exactamente 23 m cuando el sol se pone tras el pico da Esperança: la única certeza vertical en un lugar donde, al fin y al cabo, la tierra se mueve 2,3 mm cada año.