Artículo completo sobre Lomba da Fazenda: niebla y basalto vivos
Un rincón de São Miguel donde la niebla es vecina y las vacas marcan el ritmo
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La niebla baja por la ladera y se enrosca sobre los tejados como quien coge una bufanda mojada y la arroja encima de las casas. El verde de los pastos se desenfoca, como si alguien aflojara los tornillos de las gafas, y el mugido que llega desde abajo no es teatro: es Marta, la vecina de arriba, llamando a la vaca que se ha vuelto a escapar.
Lomba da Fazenda es esto: quince kilómetros cuadrados de cuestas que obligan a respirar hondo, muros de basalto que parecen obra de alguien que bebía aguardiente entre piedra y piedra, y 749 personas que aún se saludan con el nombre de la madre. Dicen que hay 50 almas por km², pero en la carretera parecen menos, lo cual viene de perlas cuando uno quiere esquivar al primo de Ponta Delgada que insiste en “hacer algunos trabajillos el finde”.
La piedra que sobró del fuego
¿Ha reparado en que el suelo es negro y afilado? Es basalto, lo que quedó cuando la isla decidía si existía o no. A la UNESCO le encanta; nosotros ya estamos curados de espanto. La niebla no es ambiente de serie: es el vecino que entra sin llamar y se marcha cuando le place. Lleve chaqueta. Mejor dos. Y no confíe en el GPS: ese repecho frente al cementerio ya se ha tragado a tres turistas y un cartero.
Qué hacer aquí (además de respirar aire de botella)
Vacas, claro. Hay más vacas que personas y tienen prioridad en la carretera: norma no escrita, pero multa desorbitada si la atropella. La leche va toda a la fábrica del pueblo; el queso luego aparece en las tiendas a cinco euros la ración y nosotros compramos el nuestro a José del Pajar, que acepta a cambio botellas de vino casero. ¿Turismo de masas? Cero. Hay un café, el de Adelaida, abre cuando se levanta y cierra cuando empieza la telenovela. Pida café con leche caliente, no discuta: así o se va al próximo pueblo, que está a veinte minutos de curva.
Cómo llegar y por qué venir
Se viene en coche o no se viene. La carretera es tan estrecha como la conversación del tío Manuel: cabe usted y media del que viene de frente. Si topa con un tractor, eche marcha atrás hasta la siguiente rotonda: es entrenamiento vital. Cuando llegue, aparque donde no estorbe (crucial: aquí todos saben quién es el dueño del coche extraño). Luego, ande. Suba. Pérdase. Lo único que le morderá será el viento; lo demás son hortensias y mastines que ladran desde lejos.
Consejo de amigo: lleve una botella vacía. La fuente del Pico tiene agua mejor que la de cualquier grifo urbano y no le cobrarán un céntimo. Si encuentra al señor Armindo con sombrero de paja, dígale que viene de mi parte: le enseñará donde crece el hinojo bueno y le contará cómo se hacía la vid antes de la plaga. No le ofrezca dinero. Acepta un paquete de tabaco o una propina para el nieto, nada más.
Al caer el día, cuando la puesta de sol allá arriba parezca un fuego artificial al revés, siéntese en la murete de la capilla. Encienda un cigarrillo (o finja) y quédese en silencio. Oirá crujir la isla, volver las vacas, cerrar las puertas. Esto es. No hay espectáculo, hay respiración. Si le basta, vuelva. Si no, la siguiente rotonda le lleva a la playa: allí hay wifi y helados, pero no diga que fui yo.