Artículo completo sobre Capelas, el pueblo que olía a ballena entre panaderías
Antiguas balleneras, tobas agujereadas y un café que guarda todo el sabor de São Miguel
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El pan olvidado junto al mar
El toba parda se recorta contra el azul del Atlántico como si alguien hubiera dejado tostadas a la orilla. Son rocas agujereadas que parecen quesos suizos gigantes — y de ahí viene el nombre del lugar, aunque algunos aún se empeñen en la historia de las capillitas colgadas. Lo cierto es que, visto desde el llano, el peñón parece una iglesia en miniatura, y el pueblo ya sabe.
Entre el siglo XIX y 1974, Capelas vivía al ritmo de los cachalotes. Tres compañías balleneras daban trabajo a media parroquia; en Calhau Miúdo se hacía de todo: aceite para las fábricas, harina para los perros, incluso el ámbar gris que aparecía de vez en cuando valía más que el sueldo de un año. El punto de reunión era el mismo sitio donde hoy se va a por el pan: se vigilaban las ballenas, se contaban las perras, se rezaba para que el mar no se llevara a nadie. Cuando se acabó, en el 74, les quedó el nombre en la calle y un vacío en la mirada que aún hoy se nota en los mayores.
Cuevas de ecos y cerveza
Las grutas de toba han servido para todo: escondite de contrabando, cuarto de citas, lugar donde los críos fumaban su primer cigarrillo. Dicen que hay tesoros enterrados; lo que yo sé es que hay botellas de cerveza vacías y un montón de mejillones pegados a las paredes. Cuando sube la marea, el mar golpea dentro con un ruido de tripa que cruje — parece que la tierra tenga hambre.
El camino que no tiene playa
Capelas no tiene playa, tiene camino. La senda del Sertão es una alfombra de tierra apisonada donde se tropieza con agujeros de vaca y se coge vista al mar sin pagar parking. Lleve agua, lleve un bocadillo de chorizo y vaya despacio: el viento del norte empuja hacia atrás como quien no quiere pagar la cuenta.
Todo cabe en un bar
La parroquia entera cabe en un café: 3981 personas, 613 críos que aún creen que la ballena es un pez y 511 ancianos que juran haber visto a Jean-Claude rodando. Unos trabajan en Ponta Delgada, otros en la naranja, los más jóvenes emigraron. Quedó la carretera nueva, que no trae a nadie, se lleva a quien se cansó de esperar.
Al final del día, cuando el sol se pone detrás del toba, el mar sigue diciendo la misma historia de siempre. Quien escucha con atención lo entiende: Capelas no es historia, es un sitio donde se deja pasar el tiempo, como quien deja enfriar el café en la barra — no se bebe, pero tampoco se tira.