Artículo completo sobre Mosteiros: olas de lava y redadas de pardelas
En la costa oeste de São Miguel, el mar talló cuatro islotes que vigilan el pueblo
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El primer ruido que se percibe en Mosteiros es el golpe sordo de las olas contra los muros de lava. Después llega el chillido agudo de las pardelas, que regresan de los mismos puntos del océano donde nacieron sus abuelas, y, por último, el tintineo metálico de las redes secándose al sol sobre los muretes de basalto. El pueblo se abre en anfiteatro hacia el mar: casas encaladas aferradas al talud y, al frente, cuatro islotes rocosos que emergen del agua como dedos de gigante haciendo guardia en la costa oeste de São Miguel. Son restos de un cono volcánico submarino que rompió la superficie hace veinte mil años. El más alto alcanza los setenta y dos metros y sirve de guardería a las aves que regresan siempre, como si el mar tuviera memoria.
Piedra, cal y agua salada
La iglesia de Nuestra Señora de la Concepción domina la plaza con su torre campanario geométrica, levantada en basalto en el siglo XV, cuando las primeras ermitas dieron nombre al lugar. En su interior, el órgano de tubos llena la nave con resonancias que suben hasta las vigas de madera oscura. En el atrio, la pila bautismal de piedra ha sido testigo de generaciones de niños nacidos entre el olor a salitre y el humo de los ahumaderos. Alrededor, las casas rurales de fachada encalada exhiben portales de basalto labrado donde la luz de la tarde dibuja sombras oblicuas.
¿Ve esa puerta negra a la derecha de la iglesia? Ahí guarda Don Carlos las redes desde 1973. Nunca las vendió, aunque hace diez años que no pesca. Dice que son «los últimos cordones que aún saben a mar».
La Casa del Pescador, construida con madera de barcos encallados, atesilla artes de pesca, maquetas de balandras y arpones que el comandante Henrique «Quinca» Silva, nacido en la Rua da Igreja en 1875, introdujo en las lanchas azoreñas tras sus campañas en el Atlántico Sur. Las paredes interiores brillan al sol: escamas de pez incrustadas en la madera, como si el propio edificio tuviera escamas. En el muro norte de la iglesia aún se adivinan marcas grises dejadas por las olas de retorno de la erupción de los Capelinhos, en 1957: cicatriz volcánica que nadie quiso borrar.
Caldo de pescado y pan de maíz crujiente
El plato que define Mosteiros es el caldo de pescado —mero, sargo o vieja del día, boniato, cebolla, tomate y pimiento, servido con pan de maíz recién hecho que se desmigaja entre los dedos. En el café «O Pescador» se toma este caldo mientras el sol se pone tras los islotes, tiñendo el cielo de naranja y púrpura. El pulpo estofado en vino blanco regional, con laurel y menta de ribera, acompañado de ñames tiernos, revela el ritmo de la marea y de las artes de pesca. Las queijadas da Ribeira, pequeños dulces de leche condensado y coco tostado, se sirven con té de algas recolectadas en las piscinas naturales. El vino insular blanco, producido en bancales protegidos por muros de piedra junto al mar, tiene un trago mineral que sabe a sal y a roca.
Si va al «O Pescador», no pida el caldo a las tres de la tarde: se ha terminado. Allí cocinan solo lo que el mar dio por la mañana. Pruebe, en cambio, el café de Doña Lurdes, justo enfrente; sirve un bolo de mel que compensa la espera.
Agua negra y lava esculpida
La playa de Mosteiros exhibe arena volcánica negra que se calienta al sol y quema las plantas de los pies descalzos. Las Piscinas Naturales dos Caneiros, excavadas por la lava y resguardadas del oleaje, se llenan de agua cristalina donde se refugian pez palo y sargos entre algas ricas en yodo. El sendero costero que une el pueblo con la Ponta do Escalvado serpentea por fajanas de plataneras y grutas de ballena, abriendo miradores al océano abierto. En la Lagoa do Pão de Manteiga, charca temporal escondida entre helechos, garzas y mirlos acuáticos anidan al son del viento que sube por el valle.
Consejo de quien ya se llevó una ola en la cara: en los Caneiros, entre las dos y las cuatro de la tarde, la marea llena las piscinas hasta convertirlas en una bañera. Antes o después, solo hay piedra y algas. La naturaleza no sigue horarios, pero nosotros hemos aprendido a negociar con ella.
Fiestas de agosto y baño pascual
Entre el trece y el diecisiete de agosto, Mosteiros se llena de luces y cohetes en honor a Nuestra Señora de la Concepción. La procesión recorre calles engalanadas con arcos de flores mientras el olor a chorizo asado en la verbena se mezcla con el humo de los fuegos artificiales. El Domingo de Resurrección, pescadores y jóvenes se lanzan a las aguas gélidas del océano en el «Banho da Ribeira», gesto simbólico de purificación y buena suerte para la campaña pesquera. En Carnaval, los caretos de calabaza —las «abóboras»— recorren el pueblo al son de tambores y silbatos, tradición que nadie logra fechar pero que todos repiten.
Al atardecer, cuando el sol rasante da a los islotes un color de miel quemada y los fotógrafos alinean trípodes en el mirador, los pescadores mayores aún miden la distancia al agua en «manos de vela»: el tiempo que tarda una vela en consumirse hasta el mar. No es nostalgia; es medida exacta, transmitida de padre a hijo, que solo cobra sentido aquí, donde la lava encontró el océano y se quedó.