Artículo completo sobre Faial da Terra: la cascada que habla alto
En la costa sur de San Miguel, 342 vecinos guardan hayas, ríos y fiestas
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La levada acompaña el camino como quien no quiere molestar, murmurando entre piedras que ya han visto pasar más gente que la que queda. El aire huele a tierra mojada, a la manta de lana de los abuelos —hay hayas que dieron nombre al lugar, brezos y otra vegetación que aquí llaman, sin más, «matorral». Al fondo, la cascada se deja oír antes que ver, como el vecino que habla alto en la terraza. Faial da Terra se esconde en un pliegue de la costa sur de San Miguel: 342 vecinos que caben todos en el café de Domingos cuando hay partido.
Raíces en la piedra y en el mar
La parroquia nació de la abundancia de hayas —esos árboles que después vendrían a buscar los ingleses para sus muebles de lujo-. Desde que el primer desafortunado desembarcara por aquí en el siglo XV, la gente aprendió a sobrevivir entre los bancales que sujetan la tierra y el mar que se lo lleva todo. La iglesia matriz de San Juan Bautista, del siglo XVIII, está justo en el centro: no se pierde; es donde el padre Antonio todavía repica a las ocho cada domingo. Más arriba, la ermita de Nuestra Señora de la Salud espera a los devotos que suben a pie el primer domingo de septiembre. Dicen que quien lo hace no necesita gimnasio en todo el año.
Calendario de devoción y mar
El 24 de junio, San Juan Bautista trae la procesión, la música tradicional y la caldeirada que doña Lurdes hace en la cazuela de hierro que heredó de su madre. El Festival del Mar es más reciente: empezó cuando alguien pensó que el pescado sobrante del día a día también servía para atraer visitantes. El queso de vaca de José, el mojo de higo de doña Alicia, las queijadas que la nieta de doña Alicia trae de Vila Franca y el dulce de naranja que prepara la vecina «sin receta, a ojo» componen la memoria gustativa de un lugar donde el bolo lêvedo aún se hornea con leña —los que tienen horno eléctrico pasan por «modernos».
Agua que cae entre paredes verdes
La ruta del Salto do Prego es como ir al bar de José: todos saben dónde está, pero nadie te da detalles para que lo descubras tú. Tres kilómetros que empiezan en la ribeira y acaban en una cascada que hasta los lugares se han cansado de fotografiar. La vegetación se cierra sobre el sendero como quien pide intimidad: helechos gigantes, incienso, esa humedad que cala los calcetines aunque lleves botas altas. Abajo, la playa de cantos rodados es donde los críos aprendieron a nadar y los mayores a olvidar las cuentas del mes. Las laderas suben en cortado, con bancales donde aún quedan viñas que dan un vino «que no tiene etiqueta pero tiene carácter», dice don Manuel, que cumple 83 y aún sube a los bancales.
Donde la senda encuentra el océano
Recorrer las calles de Faial da Terra es hojar un álbum familiar: muros de basalto que han visto más temporales que nosotros, tejados que el viento aún no ha logrado llevarse, ventanas de madera que doña Rosa pinta de azul cada año «porque el mar queda bonito con el contraste». La Casa do Povo es donde se hacen los cuarenta días, los cumpleaños y donde el presidente de la junta parroquial explica por qué aún no hay semáforo: no hay carretera que lo justifique. Treinta habitantes por kilómetro cuadrado, el doble de mayores que de jóvenes, pero una terquedad que se aprende del mar: golpea, golpea, y las piedras siguen ahí.
El sonido de la cascada se queda en la cabeza como la música del primer baile. Queda el frío del agua en la piel, el olor a incienso que trae la misa de medianoche, el sabor salado del aire cuando bajas hasta la bahía y el mar golpea las piedras negras, ritmado, como el péndulo del reloj del abuelo: siempre igual, siempre distinto.