Artículo completo sobre Furnas: horno vivo en el corazón de São Miguel
Cozido enterrado, agua ferruginosa y azufre: la aldea donde la tierra cocina
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El olor llega antes que la imagen: azufre disuelto en el aire húmedo de la mañana, mezclado con el vapor que brota del suelo. A orillas de la laguna de Furnas, burbujas de gas estallan en las pozas termales. La caldera que alberga esta parroquia nació de una violencia geológica remota, pero lo que queda hoy es el hombre aprovechando el calor que la tierra sigue soltando.
Furnas se convirtió en parroquia en 1834, aunque la ocupación se remonta al siglo XIX, cuando los colonos advirtieron que aquel valle humeante ofrecía calor gratis. El nombre viene de fornax, horno en latín. Aquí, el suelo hierve.
El suelo que cocina
Cada mañana, hombres cargan ollas de hierro colado repletas de carne, embutidos, col y patatas hasta las calderas junto a la laguna. Cavando agujeros en el suelo geotérmico, entierran las cacerolas y las cubren de tierra. Durante seis horas, el calor constante —entre 90 y 100 grados— convierte los ingredientes crudos en el Cozido das Furnas. No hay fuego visible, ni leña, ni gas. Al mediodía, desentierran las ollas. El aroma se mezcla con el olor mineral del azufre.
Piedra neogótica al borde del agua
En la orilla de la laguna de Furnas, la Capilla de Nuestra Señora de las Victorias, mandada construir por José do Canto en 1886. Las líneas neogóticas contrastan con la vegetación subtropical. A unos pasos, el Parque Terra Nostra: camelias centenarias, palmeras tropicales. En el centro, una piscina termal de agua ferruginosa, color óxido, se mantiene a 38 grados todo el año. Quien se sumerge sale con la piel teñida de naranja.
Darwin y el vapor que asciende
En 1836, Charles Darwin desembarcó en São Miguel durante la travesía del HMS Beagle. En Furnas, registró las fumarolas y la flora. La ruta PRC6 SMI, de 9,5 kilómetros que rodean la laguna, pasa por fumarolas activas y charcos de barro burbujeante. El agua de la laguna cambia de color según la luz.
En la iglesia de Sant’Ana, construida en el siglo XVIII, el silencio es denso. Fuera, el valle sigue humeando. El vapor que brota de las grietas recuerda que esta caldera sigue viva.