Artículo completo sobre Nossa Senhora dos Remédios: bruma y vacas en São Miguel
El pueblo donde la niebla se queda a vivir y las vacas marcan el ritmo del día
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La niebla baja de la ladera como quien va a por pan y vuelve — solo que se queda. Las casas bajas se visten de blanco y pizarra, y el aire trae ese olor a mar que hace que el basalto brille como si lo acabaran de pulir. Nossa Senhora dos Remédios respira al ritmo del reloj de César, el hombre que aún llama a las ocho de la mañana para saber si la vaca ya ha parido. Estamos a 275 metros de altitud, pero parecen más cuando se sube a pie después de una noche en el Típico.
El territorio abarca trece kilómetros cuadrados, que en una isla es casi un continente. Aquí la piedra es negra, la hierba verde flúor y las vacas parecen pintadas por alguien que se pasó con el contraste. Todo es Geoparque, sí, pero lo que importa es que la falla geológica se ve justo al lado de la carretera — esa que el padre de Nuno juró que se abrió el día que él nació, en el 74.
Entre el mar y la sierra
Mil sesenta y dos personas — las conté en el censo, no fue fácil. Hacen 83 por kilómetro cuadrado, lo que significa que se puede oír al vecino roncar, pero no lo suficiente para saber qué le dijo su mujer. Hay 130 críos que vacían la escuela a las cuatro y media, y 189 ancianos que aún recuerdan cuando el barco tardaba tres días en llegar desde Lisboa y venía lleno de gente de luto.
El día gira en torno al ganado. Las vacas salen a las seis, vuelven a las seis, y entre medias siempre hay alguien que va a “ver si la valla aguanta”. La vid es esa que se ve aferrada a los alambres, la uva es pequeña, casi salada, y el vino que se saca sirve para olvidar al dentista.
Texturas de un territorio volcánico
Caminar por aquí es ir con cuidado de no torcerse el tobillo en los cantos sueltos. Las regatas corren escondidas, pero se las oye — como tener vecinos que hablan alto. De vez en cuando sube vapor, y el olor a huevo podrido confirma que la tierra sigue viva, gracias. Los senderos del Geoparque sirven para justificar el almuerzo, pero el mejor mirador es el muro de la panadería, donde Zé se sienta cada tarde “a ver cómo viene el tiempo”.
Las carreteras se estrechan, la niebla baja, y de repente parece que se conduce dentro de un sobre de leche en polvo. Eso es lo que mantiene lejos a las masas — y mejor. Quien llega aquí es porque quiere, o porque se equivocó de autostop.
Cocina de isla
No hay menú degustación. Hay col que María da Amparo vende en la puerta de casa, boniato que se come con piel, y queso fresco que se derride en el pan antes de cerrar la boca. Los cocidos tardan lo que tardan — y si alguien se queja, que coma antes en casa. La sopa es espesa como charla de bar, el pan de maíz parte muelas pero arregla el sustento.
Cuando el sol se pone tras el Pico da Vara, las fachadas se tiñen de rosa durante exactamente tres minutos. Es hora de cerrar las puertas, encender la estufa y dejar que el viento discuta con la piedra afuera. Mañana habrá más — o no, dependiendo de la niebla.