Artículo completo sobre Pico da Pedra: la vida entre baches y recuerdos
Ribeira Grande donde la niebla abraza el pueblo y el panadera atranca ante el viento
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La niebla matinal se aferra al césped como una manta húmeda y el olor a tierra recién removida sube en cuanto se da la primera azadonada. Pico da Pedra no tiene ningún pico destacable; el nombre viene de aquel afloramiento más arriba, antes de la rotonda, donde los críos se agarraban a las rodillas de las madres para ver los fuegos artificiales de 2010. Son 159 metros de altitud, pero el viento engaña: corta de tal modo que la chica de la panadería aún atranca la puerta con dos pestillos cuando el temporal viene del norte.
Una parroquia de gente
El papel habla de 3.053, pero quien vive aquí sabe que en agosto se pasa de los cuatro mil con los emigrantes de vuelta. Las casas nuevas —ésas sí— brotaron como setas tras el 98 y se extienden por la “urbanización”, nombre grandilocuente para tres calles sin salida donde el gato del señor Totó duerme sobre el capó del Honda aparcado. En las antiguas, los pilones de agua aún llevan tapa de madera; dentro, el agua de la chapa se calienta al sol y huele a hierro. En el patio de doña Lurdes hay un melocotonero que no da melocotones desde hace diez años, pero ella lo conserva “porque mi padre lo plantó el día que nací”.
Los viernes el camión del pescado pita dos veces antes de parar ante la puerta del Céu. Nadie le dice ultramarinos: es “el Céu”, y punto. Se lleva el cuenco de loza y se pide “un trozo de pez espada para esta noche, pero máchado, eh, José, que a María no le gusta la parte negra”. El ñame viene de Bretaña, limpio y envasado; el nuestro se acabó cuando murió la dueña de la huerta y los hijos vendieron la parcela a los alemanes que hacen alojamiento local.
Entre el día a día y el territorio
La carretera regional que cruza la parroquia tiene un bache fijo antes de la curva de la clínica veterinaria —está ahí desde 2015, cada gobierno promete asfalto nuevo y al final lo tapa solo con zahorra. Cuando llueve, salta agua al parachoques y se oye el “tss-tss” de las piedras contra la chapa. Es en esa curva donde cambia el olor: deja de ser marisco y pasa a estiércol de vaca. El mar se esconde tras los criptomérios, pero el viento le presta la voz.
Al atardecer, cuando el sol se pone tras el Pico da Barrosa, la luz se vuelve dorada sobre los muros de basalto y la hierba de los pastos parece brillar por dentro. Es la hora en que vuelven las vacas, los cencerros suenan como una música de seis notas, y Silvino acelera la moto para llegar a tiempo del telediario. La iglesia da tres campanadas —misas de difuntos, aún hay quien les enciende una vela. El olor a cera caliente se mezcla con el del pan que Leonor saca del horno a las 19.30 en punto: corteza gruesa, miga húmeda, huele a levadura y a leña de incienso.
Uno se queda aquí no por una vista postal, sino por el silencio que se instala tras la última campanada: un silencio que sabe a pan y a mar, y que hace que el móvil parezca un aparato de otro planeta.