Artículo completo sobre Rabo de Peixe: el aroma del mar en São Miguel
La parroquia más poblada de la isla vive pegada al puerto y a la pesca-à-boca
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El sonido llega antes que la imagen. Un golpeteo de guijarros contra el agua: piedrecillas atadas a cuerdas que se lanzan al mar para engañar a los bancos de peces. Es la «pesca-à-boca», y solo se practica aquí. En el muelle —el segundo de los Azores en volumen de desembarque—, la madrugada huele a gasóleo de los motores de los botes y a sal que se te pega a la ropa. Rabo de Peixe despierta como siempre: mirando al mar, con las manos húmedas.
El promontorio que bautizó la aldea
Desde el mar, el peñasco parecía la cola de un pez; de ahí el nombre. Empezó con unas cuantas redes en la desembocadura del río, hasta que los madeirenses del siglo XIX advirtieron que aquella bahía era un plato servido. En 1836 se erigió en parroquia y en 1893 construyeron el puerto. Entre 1900 y 1970, las fábricas de conservas trajeron gente de todas partes y el pueblo creció como la hinojera. Hoy tiene 8.799 vecinos y es la parroquia más poblada de São Miguel; entre sus 2.089 niños corre el murmullo que llena las calles de piedra.
Iglesia, capilla y misa antes de zarpar
La iglesia matriz, levantada entre 1852 y 1872, conserva azulejos de Lisboa y talla dorada que deslumbra. Pero lo que importa está junto al muelle: la Capela da Boa Viagem, donde los pescadores rezan antes de partir. En agosto hay procesiones marítimas y se come sardina al son de la concertina. En la plaza de la República, el cruceiro de 1897 marca el centro; la «Casa do Pescador» de 1903 luce azulejos con peces pintados: nuestro catálogo de especies en cerámica.
El antiguo complejo conserveiro «Fábrica da Rocha», con sus almacenes de madera, recuerda cuando el «Cachalote» —el primer barco frigorífico de los Azores— revolucionó el atún. Aún se alza la casa del capitán João Alves de Sousa, que en 1934 fundó la primera cooperativa pesquera del archipiélago y luchó para que los hombres del mar no fueran tratados como esclavos.
Hígado de pez espada y vino que arde
La mesa es del mar. La caldeirada de pescado de tierra —cherne, boca-negra, veiga— lleña ñame, boniato y pimiento de tierra. Los «torresmos de atum» son ventresca frita con ñame asado, y el «molho de fígado de espadarte» es para quien tenga estómago. En Navidad, el «bolo de véspera» es dulce de boniato envuelto en masa blanda. Aún quedan dos familias que hacen conservas a mano: atún en aceite que se come con pan de millo.
La Rota de las Curraletas, tres kilómetros entre muretes de piedra, sube hasta Santa Catarina. Allá arriba, el vino de curral —el «vinho de cheiro»— tiene esa acidez que solo da el mar. Se prueba al final del camino, si el productor está en casa.
Piedra negra, plataneras y 300 escalones
En la Ponta do Cão, las columnas basálticas semejan órganos de iglesia. Entre ellas hay fósiles de algas: esta lava fue mar. La playa de arena negra tiene olas que hicieron a Ruben Gonzalez, chico de aquí, campeón nacional de surf. Las piscinas naturales de Santa Catarina, excavadas en la roca, son el refugio cuando el mar se enfurece.
La ribeira de Rabo de Peixe nace en la sierra de Água de Pau y desemboca en la Caldeira, humedal donde las garzas anidan entre octubre y abril. Cerca yacen las ruinas del molino de marea: solo piedras cubiertas de musgo. El sendero «Pescador & Vinha» une el pueblo con los viñedos y tiene un mirador sobre la fajã: esa plataforma volcánica llena de plataneras que se bajaba en 300 peldaños para robar plátanos.
El campo que la marea inundaba
El antiguo campo de fútbol de Canada do Lodo se inundaba con las lunas llenas: se paraba el partido y se esperaba a que bajara el agua. En la «Noite do Bailhé», el 29 de junio, se baila chamarrita en la plaza. El domingo de Pascua, el «Enterro do Bacalhau» lleva un bacalao de papel en procesión fúnebre hasta el mar: sátira que mata la cuaresma de risa. La víspera de San Pedro, hoguera en la playa, maíz asado y cantigas ao desafío hasta la madrugada.
Cuando regresa el último bote y los pescadores descargan cajas de pescado aún escurriendo agua, queda un sonido: el arrastre de plástico sobre basalto mojado. Es la percusión que Rabo de Peixe se inventó para sí misma y que ninguna otra parroquia sabe imitar.