Artículo completo sobre Capelo: donde la lava se bebe el mar
El pueblo faialense que nació de una erupción y guarda viñedos dentro de muros de piedra
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La ceniza negra cruje bajo los pies: no es arena, sino polvo que se incrusta en la suela de las zapatillas y solo cede ante un cepillo de ropas. Parece otro planeta, pero está a dos pasos del bar de Peter. El viento llega del mar, como siempre, y trae una bruma fina que cala hasta los huesos. Frente a nosotros, el faro de Capelinhos se coloca en el paisaje con disimulo, su torre medio enterrada nos recuerda que la tierra de aquí abajo no manda tanto como cree.
Cuando la tierra decidió crecer
¿Recuerda esa película en la que el mar hierve? Fue aquí. Trece meses viendo cómo la tierra ganaba metros, cómo las casas desaparecían bajo la ceniza, cómo los vecinos partían rumbo a Canadá con una maleta de cartón. Hoy, el Centro de Interpretación lo cuenta con fotos de familia y piedras que aún conservan calor. Baje las escaleras y parecerá que entra en un sótano donde el tiempo se ha quedado pillado. No hace falta imaginación: basta mirar por la ventana y ver el mar golpear la lava que aún no ha asimilado que ya es tierra firme.
El sendero de la Costa da Nau es de esos que se hacen cuando viene la familia de fuera. Empieza en el aparcamiento, pasa entre rocas con forma de bizcocho mal horneado y termina en un acantilado donde el mar demuestra quién manda. No hay árboles: solo musgo y unas plantas cabezotas que decidieron vencer el desánimo. Lleve agua. Y también chaqueta, porque el viento no está para bromas.
Viñedos dentro de muros
Pero Capelo no es solo volcán. Suba un poco por la carretera y encontrará las curraletas: esos círculos de piedra que parecen ovejas petrificadas. Dentro, las vinas se agarran al suelo como quien se aferra a la vida y producen un vino que mi tío define como «para hombres de provecho». Es blanco, pero tiene color de té, y arroza un caldero de marisco que es una locura. Pregunte en la tienda de Gloria: guarda unas botellas debajo del mostrador para quien sabe pedir.
Por los caminos, los molinos se alzan como postales giradas al revés. Algunos los han restaurado alemanes con mochila, otros se desmoran, pero todos miran al mar. La iglesia de Nuestra Señora de Gracia es del siglo XVIII, lo importante es que las misas de las 11 h aún terminan con pasteles en la plaza. Más arriba, la ermita de San Vicente es pequeña como un paraguas, pero aguanta allí desde que mi bisabuelo era crío.
Qué se come cuando el mar está cerca
Si llega antes de la una, pruebe el caldo de nabo en casa de Tía Lurdes: es el sitio con la puerta azul, junto al perro amarillo. El guiso de almeja parece comida de supervivencia, pero el día de San Juan se hace luto si falta. Las queijadas de doña Alice se acaban a las diez: temprano o llorar después. En septiembre, cuando la parroquia se llena de gente que solo viene los domingos, hay bizcocho de víspera en todas las mesas. Es dulce como el perdón, y el cura dice que sus trocitos no pecan.
Lo que se queda
Aquí viven 528 personas, contadas el domingo después de cenar. Son 26 km² donde el silencio es tan denso que se oye masticar a la vaca del vecino. Recorrer Capelo es transitar entre lo que fue y lo que es: entre la lava que aún se enfría y el pan que aún se calienta. Cuando baja la niebla y el faro desaparece, solo quedan el sonido de las olas y el olor a sal mezclado con humo de leña. Entonces se entiende: la tierra puede haber temblado, pero nosotros nos quedamos. Y nos quedamos para contarlo.