Artículo completo sobre Feteira: aroma de urze y marea en Faial
Entre molinos de basalto y la Caldeira, la parroquia guarda el sabor atlántico de 1570
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El viento que sube por la ribeira da Feteira
El viento que remonta la ribeira da Feteira trae consigo el olor a sal mezclado con tierra húmeda. En las laderas, las malvas crecen entre los muros de piedra en seco donde, en el siglo XVI, los primeros colonos identificaron la urze que dio nombre al lugar: Fetida. No por repulsión, sino por reconocimiento de aquella planta de aroma acre que cubría las laderas cuando llegaron los vecinos de Santa Catarina das Lajes en 1570.
La memoria grabada en piedra
La iglesia matriz de São João Baptista se alza en el centro de la parroquia desde 1574, reconstruida en 1684 tras el terremoto que asoló buena parte de la isla. En su interior, el retablo barroco dorado de 1712 contrasta con los azulejos de estilo lisboeta que llegaron por mar en el siglo XVIII. A escasos pasos, el Império do Divino Espírito Santo, construido en 1753, guarda la memoria de las fiestas que aún marcan el calendario açoriano, cuando la corona de plata y el cetro salen en procesión el 15 de mayo y el pan y la carne se reparten en la mesa común.
Esparcidos por la ribeira, los molinitos de agua en basalto resisten el abandono. El do Loureiro, el do Cruzeiro y el do Porto Novo —construidos entre 1870 y 1920— han perdido sus ruedas de madera, pero los canalizados de piedra aún conducen el agua que baja de la Caldeira. En la Serretinha, los caseros de basalto conservan la arquitectura tradicional: muros de 80 centímetros de grosor, ventanas de medio caño con marco de madera de cryptomeria, portones de laurel agrietados por la humedad constante del 80%.
Entre la caldera y el mar
La Feteira se extiende en una franja que va desde el nivel medio del mar hasta los 800 metros de la Caldeira, y esa amplitud vertical dibuja paisajes distintos en apenas 7,2 kilómetros. En las cotas bajas dominan las parcelas de huerta y los platanares protegidos del viento nordeste por muros de piedra suelta; más arriba, los pastos permanentes cubren laderas suaves donde el ganado Holstein-Friesian pasta bajo la silueta triangular del Pico, que cierra el horizonte al este a 8,3 km.
El mirador de los Ilhéus das Cabras, construido en 2009, ofrece una perspectiva sobre el canal de 8,3 km de anchura. Los islotes emergen a 1,5 km de la costa como hitos de lava —que es exactamente lo que son, restos de una erupción submarina hace 10.000 años—. La senda de la Costa Norte (PR05FAI) atraviesa la zona alta de la parroquia en 5,2 km, serpenteando entre hortensias Hydrangea macrophylla introducidas por los ingleses en 1850, muros cubiertos de Homalothecium sericeum y claros donde el silencio se rompe con el tud-tud de los Turdus merula.
Habitar el paisaje
Pernoctar en la Feteira es despertar con el sonido de la lluvia fina sobre las hojas de las bananeras de la variedad Dwarf Cavendish o con el sol ya alto iluminando el canal. The Plantation Faial ocupa una antigua plantación establecida en 1952 por el inglés Robert Smith, y en el desayuno el plátano viene directamente de la propiedad, acompañado de pan de maíz cocido en el horno de leña de la panadería del Visconde, a 2 km.
La Feteira conoció la furia de la tierra: el Cabeço do Fogo, en 1672, cubrió 900 hectáreas de ceniza y lava; el terremoto del 9 de julio de 1998, de magnitud 5,8 en la escala de Richter, sacudió casas y memorias, dañando el 60% de las viviendas. Pero la parroquia permanece, con sus 1.776 habitantes repartidos en 1.445 hectáreas de ladera, manteniendo viva una relación ancestral con la tierra y el mar. No hay playas balnearias —la costa rocosa no lo permite— ni multitudes ni promesas de espectáculo. Hay, sí, el ritmo lento de las estaciones marcado por las siembras de patata inglesa en marzo y la cosecha de maíz en septiembre, el verde intenso de los pastos de Lolium perenne tras la lluvia, y el perfume persistente de la urze que sigue creciendo en las laderas, como siempre lo ha hecho.