Artículo completo sobre Flamengos: ruinas, Espíritu Santo y vacas en el altiplano
Entre la iglesia quebrada y los impérios, la parroquia de Faial respira lento a 392 m
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El murmullo de la Ribeira dos Flamengos rompe el silencio del altiplano: un hilo de agua que serpentea entre pizarra negra y musgo verde botella. A 392 metros, el aire llega más limpio que en la costa, cargado de humedad que se aferra a las huertas y a los prados donde las vacas mastican despacio. Las casas blancas salpican el verde intenso y, al fondo, la Caldeira do Faial se alza como centinela dormida.
Las griegas que guarda la piedra
La historia de Flamengos se lee en las fisuras de sus iglesias. El templo de Nossa Senhora da Luz, levantado en el siglo XVII en la Rua da Igreja, sufrió el asalto de corsarios en 1597, se estremeció en 1926 y volvió a hacerlo en 1998. Hoy sigue en ruinas: excepción en los Azores, donde rara vez se abandona un templo parroquial. El esquelete de basalto espera una restauración mientras la vegetación trepa por los muros. Es un monumento involuntario a la fragilidad humana ante la geología inquieta de estas islas.
La devoción, sin embargo, se ha mudado. Flamengos acoge una de las mayores densidades de «impérios del Espíritu Santo» de la isla: el da Ponte, el da Lomba (1960), el da Cruz, el do Cantinho, el da Praça, el do Farrobo. Pequeñas capillas de paredes vivas donde los domingos de Pentecostés se llenan de procesiones y se reparte pan y vino. La ermita de São João, del año 44, despista al viajero: su torre central la hace parecer un minúsculo castillo, arquitectura inesperada en este altiplano de pastos.
Lo que quedó de los flamencos
El nombre de la parroquia remite a los primeros colonos flamencos que cultivaron los suelos fértiles del planalto. De ellos solo quedan la toponimia y un recuerdo difuso. De los molinos harineros de agua —como el do Atafoneiro— quedan las piedras de moler, ya detenidas, entre la hiedra. La electricidad llegó tarde, en 1967, y la erupción de los Capelinhos en 1957 aceleró la emigración. De los 1.561 habitantes actuales, 237 tienen menos de catorce años y 243 han superado los sesenta y cinco. El equilibrio es frágil y se sostiene con vacas y con hortalizas que marcan el ritmo del día.
Entre la caldera y el valle
Durante décadas, la Ribeira dos Flamengos fue el lavadero comunal y el lugar de tertulia. La Fonte das Bicas, en la Rua do Capitão, sigue brotando agua potable, fría y cristalina, que los vecinos mayores llevan a casa en garrafas de plástico. El Jardín Botánico da Quinta de São Lourenzo custodia plantas endémicas, testimonio vivo de la singularidad azoriana. En verano, los rosales en flor junto a la ermita de São João añaden rojos y fucsias al verde uniforme de los pastos.
Desde el Mirante da Estrada da Caldeira el Valle dos Flamengos se extiende en mosaico: parcelas ceñidas por muros de piedra seca, manchas de hortensias, tejados rojos dispersos. La vista alcanza el Atlántico, pero es la geometría agrícola —dibujada durante siglos— la que retiene la mirada, inmutable pese a los temblores y a las partidas.
Fiesta que resiste
El 24 de junio el Largo Jaime Melo se llena para la Festa de São João, una de las mayores de la isla. Misa, procesión, bifanas y cerveja, conversación que se alarga hasta la madrugada. Los niños bajan calle abajo con carritos de cojinetes improvisados; los mayores juegan a la sueca en la puerta del café. El tercer domingo de septiembre se celebra Nossa Senhora da Luz, patrona sin templo, cuya fiesta insiste en honrarla con fuegos y dulces. Las touradas à corda —tradición de riesgo medido— son ya esporádicas, pero quienes las vivieron recuerdan al «António do Farrobo» corriendo con el novillo por la Rua da Igreja en 1983.
Flamengos se descubre despacio, entre la piedra que se desmorona y el verde que no cede. El sonido que permanece es el del agua bajando por la ribeira, constante y bajo, ajeno a las grietas que el tiempo abre en los muros de la iglesia.