Artículo completo sobre Candelária, donde el vino Verdelho respira lava y fe
Entra en la parroquia picona que parió cardenales y cultiva vino entre muros de volcán
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El viento peina los currales de piedra negra desde la costa hasta las laderas. Entre muros de lava que parecen obra de manos descomunales, la vid de Verdelho se agarra al suelo como si le temiera al vuelo. Al fondo, el Atlántico azota los acantilados del Monte y las casas encaladas —Mirateca, Guindaste, Campo Raso— se han arrimado unas a otras para resguardarse. Candelária no es postal turística: aquí se labra la tierra, se elabora vino y se va a misa los domingos como quien entra en la taberna: por costumbre y por necesidad.
El Vaticano añejo de las Azores
Dicen que aquí nacieron más sacerdotes por metro cuadrado que en cualquier otro rincón del archipiélago. Dos llegaron arriba: el Cardenal Nunes y el Obispo Goulart. La casa natal del primero sigue en pie, a dos pasos de la iglesia matriz. Es una casa igual que las demás, solo que lleva una placa que lo recuerda. El templo, levantado en 1803, tiene la medida justa para una parroquia de 829 almas: ni demasiado grande ni demasiado pequeño. En su interior huele a cera y a espliego, como en todas las iglesias azoreanas.
Esparcidas por la parroquia hay ermitas y capillas que parecen haber surgido por casualidad. La de Fátima en Campo Raso, la de San Nuno en Mirateca, el Curato del Monte. Y los Impérios del Espírito Santo, pintados de rojo, azul o amarillo, donde en mayo se celebran las fiestas. Las sopas del Espíritu Santo se sirven hoy como ayer: no son gourmet, son plato de gente que trabaja la tierra y el mar.
Vides, muros y acantilados
Desde 2004 la zona es Patrimonio de la Humanidad, pero para quien vive aquí es solo el paisaje de cada día. La viña crece protegida por tapias que semechan laberinto infantil. El Verdelho es rey: se bebe fresco, antes del pescado o con las quesadillas de la tía Albertina. La carretera a Criação Velha es buen lugar para detener el coche y mirar. No hay miradores con nombres sofisticados, solo el mar, las vides y los riscos que impiden bajar al agua.
No hay playas. Hay senderos que unen una aldea con otra, que se recorren con botas de campo y donde te cruzas con vecinos que pasean al perro. El silencio es el del campo: lo rompe una vaca que muge o un tractor a lo lejos.
Memoria que camina
El Grupo Folclórico funciona desde 1966 y aún viste los mismos trajes que llevaba el abuelo de Ana, quien hoy enseña los pasos a sus nietos. En las fiestas suenan canciones que todos saben de memoria —hasta el cura marca el compás con el pie—. La comida es la de siempre: caldeirada cuando toca pescado, molho de fígado en días de fiesta, chorizo con ñame cuando no se busca complicación. No es plato para Instagram, es plato para llenar tripa y alma.
Candelária no vende aventuras. Ofrece caminos de piedra donde se pierde la noción del tiempo, el olor a tierra mojada tras la lluvia y ese instante al caer la tarde en que el sol se esconde tras Faial y todo se tiñe de miel. Es sitio para quien busca calma: la que no se encuentra en tiendas de souvenirs.