Artículo completo sobre Altares, donde el Atlántico acaricia la Caldeira
Entre piscinas de percebes y el Pico do Altar, vive la memoria salada de Terceira
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El viento del norte huele a sal y a brezo antes de rozar las paredes. Altares no «se alza en anfiteatro»: se abre como quien acaricia un gato, arropada entre la costera donde el mar azota a cielo abierto y la ladera que sube hacia la Caldeira. La luz, eso sí, cambia cada minuto, pero quien vive aquí no la «observa»: la siente en la piel cuando la niebla trae aroma a heno mojado o cuando el sol, de golpe, calienta la ropa tendida en la rama del incienso.
Donde la historia se cuarteló
En la Ribeira da Lapa, el 1 de octubre de 1828, los hombres se reunieron después de misa, hambrientos y asustados. No eran «milicianos absolutistas» en sus cabezas: eran los vecinos del Lombo de Fogo y del Caminho do Meio que no querían perder la tierra ni al rey. Hoy todavía se dice «fue el día de los tiros» para señalar la fecha de un inventario o la partida hacia Brasil. En la iglesia de São Roque las velas cuestan cincuenta céntimos y el retablo de 1734 tiene un ángel con el ala rota —lo rompió el terremoto de 1980; nadie lo arregló porque «quedó con gracia». En el museo, la fuente cilíndrica de la tía Alice huele aún a maíz; los niños del colegio pasan el dedo y dicen que es la «olla de los fantasmas».
Entre la sierra que se va comiendo y el mar que no perdona
El Pico do Altar es solo eso: un tajo de basalto que, de frente, parece una mesa. Quien lo va a buscar es el mar, no el turista: en las mareas de tormenta las olas le estallan encima y el viento lanza sal dentro de las canillas. Las piscinas naturales son tres huecos llenos de percebes; siempre hay un chico descalzo husmeando en los recovecos, esperando que su hermana le traiga el traje de goma. La ribeira da Lapa lleva agua solo tras tres días de lluvia; cuando se seca, queda un hilito donde las vacas besan el barro. Arriba, en las lagunas del Negro y del Cerro, el silencio es tan denso que se oye la propia respiración —y, en octubre, el crujido de las aves de loza que los holandeses tiran al aire cuando pasan de ruta en la furgoneta.
Lo que se guarda y lo que se rompe
El domingo de Carnaval no hay máscara de París: hay al Zé Mota con leotardos rotos y el apodo de siempre —«¡eh, Lampião!»— antes de arrancar la copla. Quien improvisa lleva un chupito de aguardiente en el bolsillo; quien no sabe, se queda boquiabierto y paga la ronda. Las sopas del Espírito Santo se hacen en la olla de la calle: se echa col, se echa panceta, se echa el pan que sobra de la semana; nadie pregunta quién dio más, pero se anota en la libreta para que el año que viene no falte. La banda ensaya los martes en la sede del Club; la tuba tiene un agujero remendado con cinta americana y el director, que es el hombre de la pescadería, para el compás cuando entra un cliente.
Caminar antes de que la maleza cierre
La Canada do Rego es un carril de losas resbaladizas; quien lo hace en grupo lleva un palo para espantar a los perros de corral sueltos. En el Cumeijo, el muro se vino abajo hace diez años: aún se ven las llagas de los cactus que el tiempo fue mordiendo. Cuando se llega a las lagunas el móvil pierde cobertura; entonces se descubre que el silencio huele a hierba aplastada y que las vacas, desde lejos, parecen piedras que se mueven.
En Las Presas, los bomberos cenan sopa de alubias a las tres de la madrugada entre salidas. La radio pita, el viento se lleva el olor a gasóleo, y fuera el mar sigue golpeando primero las rocas, después los muros sueltos, y solo al final las casas que aún resisten, abrigadas en los pliegues del tiempo.