Artículo completo sobre Angra do Heroísmo: olor a sardina y retablos de esclavos
São Pedro despierta entre bolo lêvedo, alcatra humeante y azulejos rotos por el terremoto
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El olor a cilantro se filtra justo antes del mediodía, cuando la tasca de la plaza aún no ha cobrado vida y la dueña riega el manojo en un rincón de la barra. En la playa, los pescadores no arrastran las redes: las empujan, espaldas curvadas, sobre el sable que cruje bajo los pies descalzos. La brisa no trae solo sal: también el aroma de la sardina que se tuesta sobre la plancha de planchar convertida en parrilla. El bolo lêvedo no se hornea en leña; lo hace en el fogón a gas de la panadería de la Av. Álvaro Martins Homem, donde se forma cola a las siete y se agota antes de las nueve.
Piedra, retablo y basalto tallado
La iglesia de São Pedro no es barroca: es manierista tardía, y los azulejos no son del siglo XVIII, sino paneles de 1747, azules y blancos, con las grietas bien visibles tras el terremoto de 1980. El retablo mayor es de cedro, labrado por esclavos traídos desde Brasil, y huele a incienso viejo que se te clava en la chaqueta. El fuerte ya no vigila nada: es aparcamiento para los que van al club de tenis. Las murallas hacen de banco para los críos que rompen botellas de Super Bock sobre la piedra caliente. La inscricción de la fuente no está en latín; pone literalmente «Água de São Pedro 1788» y el agua lleva años sin correr: se secó cuando llevaron la canalización a la parroquia.
Alcatra, Verdelho y donas-amélias
La alcatra no es de barro: es de hierro esmaltado, heredado de la abuela, y lleva cuatro dientes de ajo picados, no especias. El guiso de hígado se hace con vino tinto barato de la garrafa de tres litros, servido en cuencos de plástico en los festines de Santo António. Verdelho escasea: la filoxera arrasó las vides hace cien años. Lo que se bebe hoy es vino blanco de uvas híbridas, servido bien frío en vasos de cerveza. La chirimoya se vende en el puesto de D. Rosa, los miércoles, en bolsas de plástico a cinco euros el kilo. Las donas-amélias se fríen con manteca de cerdo y queman los dedos si te las zampas recién hechas.
Entre la laurisilva y las piscinas de lava
La Mata da Serra es un pinar introducido en los años 60; la laurisilva original acabó convertida en leña. El sendero PR05-TER empieza detrás del cementerio, sube por losas resbaladizas de musgo y tarda más de una hora si vas en chanclas. Desde el Miradouro da Falca se ve la playa, la térmica de Praia da Vitória y el ferry que parte. Las piscinas naturales de São Mateus tienen agua helada incluso en agosto; van los turistas de crucero, toalla del hotel al hombro. La Praia das 4 Ribeiras tiene piedras, no arena; el surfista local se llama Kiko y da clases por veinte euros, traje incluido si eres español.
Golf, bolillos y música al atardecer
El campo de golf es público: nueve hoyos, green-fee de 25 euros, y las pelotas se pierden en los matorrales de brezo. El quiosco no alberga conciertos: es el punto donde los adolescentes beben aguardiente los sábados. Solo quedan dos cojines de madera, hechos por un suizo casado con una tercerense; enseñan a hacer bolillos a los turistas por quince euros la hora, pero nadie compra. Cuando cae el sol, la luz enciende las ventanas del Bar Cais de São Pedro, donde Zé toca la guitarra y el personal canta «Saudade» hasta que llega la policía. La silla de enea es del Sr. Armando, que la saca a la puerta para ver el mar, cada tarde, desde 1974.