Artículo completo sobre Feteira: el pueblo donde el océano huele a vino
A 7 km de Angra, pastos de uva atlántica y niños que crían la isla
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La luz atlántica golpea la fachada encalada de la iglesia y devuelve un blanco que casi duele en los ojos. Al mediodía, cuando el sol se encarama, Feteira parece flotar entre el verde de los pastos y el azul oscuro del océano que se intuye tras las casas bajas. El viento, constante pero sin aspereza, trae consigo el olor a salpicón mezclado con el de las vacas que pacen en los cercanos. Aquí, a cuarenta y tres metros sobre el nivel del mar, la parroquia respira al ritmo pausado de la isla Terceira.
Geografía de transición
Los 524 hectáreas de Feteira se extienden sobre una topografía suave, sin los desniveles bruscos de otras zonas de la isla. La densidad de población —255 vecinos por kilómetro cuadrado— no se siente como apretura: las casas se reparten con generosidad, cada una con su trozo de tierra donde se alza la vid baja, resguardada del viento por muretes de basalto. Ésta es zona DOC de los Azores, y aunque la viticultura no domina el paisaje como en otras islas del archipiélago, la uva crece aquí con la terquedad característica de las plantas atlánticas.
Caminas por las carreteras estrechas y lo que percibes es un equilibrio demográfico: 218 jóvenes menores de quince años, 196 mayores de sesenta y cinco. Los números se traducen en voces de niños que salen de la escuela primaria al caer la tarde, mezcladas con el paso arrastrado de los ancianos que se sientan en los bancos de piedra junto a las capillas. Hay movimiento suficiente para mantener viva la parroquia, pero no tanto que rompa la quietud que la define.
A tiro de patrimonio
Feteira goza de una situación estratégica: está a 7 km de Angra do Heroísmo —cuyo casco histórico es Patrimonio de la Humanidad desde 1983—, cinco minutos en coche por la Regional 1-2. La conexión con la ciudad discurre entre campos donde el ganado Holstein pasta ajeno al tráfico ocasional. En el horizonte, cuando el día está despejado, se adivina la mancha urbana de Angra, pero aquí el ritmo es otro.
El Geoparque Azores, también reconocido por la UNESCO en 2013, incluye Feteira en su territorio, aunque la parroquia carezca de los dramáticos conos volcánicos o las fumarolas humeantes de otras zonas. Lo que tiene es una geología discreta pero presente: la piedra basáltica oscura que asoma en los muros, la tierra roja cargada de hierro que tiñe los caminos tras la lluvia, el verde intenso de la vegetación que solo crece en suelos volcánicos ricos.
Atlántico cotidiano
La gastronomía local se inscribe en la tradición terceirense: alcatra de carne o pescado cocida en olla de barro en la panadería del pueblo los sábados por la mañana, morcilla de cebolla adobada con pasta de pimiento, quijo da ilha curado en las bodegas de São Mateus. No hay restaurantes para turistas, pero en la festa do Espírito Santo —que se celebra el domingo de Pentecostés con el império levantado junto a la iglesia parroquial— las mesas se llenan de sopas de pan y carnes que pasan de mano en mano. El pan dulce, ligeramente azucarado y denso, se come con mantequilla de Lajes.
El autocar 104 une Feteira con Angra dos veces al día laborables —a las 7:15 y a las 17:45—, pero quien viene aquí necesita coche para explorar sin atarse a horarios. El riesgo es mínimo, la multitud inexistente. Quien llega busca la Terceira menos evidente, la que no cabe en los itinerarios de los cruceros que atracan en Angra seis horas.
Al caer la tarde, cuando la luz cambia y el verde de los pastos se vuelve esmeralda oscura, se oye la campana de la iglesia —no el repique festivo, solo el badajo pausado que marca las horas. Es un sonido que atraviesa la parroquia entera, reflejado por los muros encalados, absorbido por la tierra húmeda. Se queda en el aire más tiempo de lo que sería físicamente posible, como si el propio paisaje lo retuviera.