Artículo completo sobre Serreta: la punta de Terceira que enseña a caminar inclinado
A 214 m el viento moldea pastos, muros de basalto y 316 almas en el noroeste de la isla
Ocultar artículo Leer artículo completo
El viento azota de frente la costa norte de Terceira. Aquí, a 214 metros sobre el Atlántico, la Serreta se alza en un promontorio donde el mar se deja sentir incluso cuando no se ve — en la sal que impregna el aire, en el silbido constante entre las casas bajas, en la humedad que ennegrece el basalto de los muros. Son 316 vecinos —sí, los conté en el censo— repartidos en casi 1.500 hectáreas de pastos verdosos cercados por mampuestos de piedra en seco, donde el ganado pasta indiferente a la bruma que sube del océano.
La densidad no engaña: 22 personas por kilómetro cuadrado. Hay espacio para respirar, pero también para sentir la soledad. Las casas se esparcen sin prisa, unidas por carreteras estrechas donde el asfalto cede a menudo a caminos de tierra apisonada —y donde el bache que ayer esquivaste hoy puede ser más grande, porque el viento y la lluvia no perdonan. Cincuenta niños aún corren por los plazales de la parroquia, mientras setenta y nueve mayores guardan la memoria de un tiempo en que la Serreta vivía más volcada al mar que al interior de la isla. El equilibrio generacional es frágil, pero resiste —como resisten los viejos barcos de pesca abandonados en el puerto.
Geografía de extremo
Estar en la Serreta es habitar una de las puntas de Terceira. La situación en el extremo noroeste de la isla le confiere una exposición particular a los vientos dominantes —y cuando digo particular, quiero decir que hasta los gatos aprenden a andar inclinados. No hay árboles altos: el viento no deja. Domina la vegetación rastrera, interrumpida solo por manchas de incienso y hortensias que delimitan los prados. La altitud moderada permite vistas despejadas sobre el océano cuando la niebla se levanta, pero son los días grises los que marcan el carácter del lugar —y los que hacen a los turistas afincados en el sur preguntar «¿pero aquí siempre está así?».
La parroquia forma parte del Geoparque Azores, reconocido por la UNESCO, y su geología volcánica se lee en el paisaje: afloram rocas negras entre los pastos, se forman lagunas temporales en las depresiones del terreno tras los chubascos, y la tierra roja —producto de la alteración del basalto— mancha las botas de quien se aleja de los caminos. Por eso los lugareños usan botas de goma para todo, incluso para ir al bar.
Vino y sal
La Serreta pertenece a la región vinícola de los Azores, aunque aquí la viticultura es más recuerdo que realidad. Las cepas que resisten crecen protegidas por currais de piedra, pequeñas fortalezas contra el viento; si encuentras una, es porque alguien aún recuerda el vino que hacía su abuelo. Se elabora para el consumo propio, guardado en garrafones de vidrio verde en las cuevas que huelen a moho y a tiempo detenido. No hay bodega que visitar, pero si tienes suerte y das con el señor Armindo en la tasca, te contará cómo se hacía el vino «de tiempos de la otra señora».
La gastronomía refleja la dureza del lugar: caldeiradas de pescado cuando el mar lo permite, ternera de las praderas locales, queso curado que gana carácter con la sal del aire. No hay restaurantes típicos ni tascas para turistas: se come en casa o en las fiestas del Espíritu Santo, cuando las puertas se abren y las cazuelas humean en los patios. Y si te invitan a una parrillada el día de San Antonio, di que sí; allí comprenderás que el mejor aliño es el viento llevándose el humo hacia el mar.
El silencio habitado
Caminar por la Serreta es toparse con una quietud que no es vacía. El mugido lejano del ganado, el crujido de una verja oxidada, el motor de un tractor labrando a lo lejos: cada sonido cobra relieve en la ausencia de ruido de fondo. Por la noche, sin contaminación lumínica, el cielo se abre cargado de estrellas que parecen más cercanas de lo debido —y es aquí cuando entiendes que la Vía Láctea no es un nombre poético, es literalmente un camino de leche en el cielo.
El viento nunca se detiene del todo. Incluso en los días serenos, siempre hay una corriente que barre las calles, que golpea una persiana mal cerrada, que transporta el olor a salitre y a estiércol mezclados. Ese viento constante es lo que se queda en la memoria cuando uno deja la Serreta: no como una ráfaga violenta, sino como una presencia persistente que lo moldea todo. Y que te hace mirar los árboles en el continente y pensar «¿cómo demonios crecen derechos?».