Artículo completo sobre Agualva: donde el viento azota viñedos y niebla
La parroquia sin mar de Terceira que huele a sal y vino
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El viento sube por el valle húmedo y golpea los muros encalados de la iglesia. No pide permiso: se cuela entre los huesos y hace crujir las contraventanas. A 296 metros de altitud, Agualva respira con la niebla que asciende desde la costa y se disipa al mediodía, dejando ver el verde recortado de los viñedos y el basalto oscuro que baja hasta el mar.
Su nombre viene del latín vulgar aqua alba —agua blanca— y es el arroyo que atraviesa la parroquia, espumoso cuando llueve, casi invisible en verano. Junto a ese cauce existía, antes de 1588, una ermita dedicada a Nuestra Señora de Guadalupe. La carta real que creó oficialmente la parroquia llegó el 29 de febrero de ese año. La ermita dio paso a la primera iglesia parroquial, reconstruida en 1678 y levantada de nuevo en 1939, esta vez en estilo neogótico, con altares y púlpitos de madera tallada por José Levinho, carpintero de Ribeirinha. El órgano de tubos, instalado en 1967, aún resuena en las misas solemnes del 12 de octubre.
Piedra, viento y horizonte
Agualva es la única parroquia del municipio sin litoral, pero el mar está siempre presente: se oye, se huele, se divisa al fondo. La ruta PR07TER, conocida localmente como «Baías», recorre 4,5 km de acantilados basálticos con disyunción prismática. El recorrido dura lo que uno quiera: algunos lo hacen en dos horas, otros se detienen a recolectar cagarros —un alga comestible— o a respirar el sal. Al final, una laguna costera acumula agua salobre y sirve de refugio a aves migratorias.
El paisaje se organiza en bancales que el ojo ya conoce: pastos arriba, viñedos en las laderas medias, matorral costero abajo. Agualva forma parte de la Región Vitivinícola de Azores: los vinos tienen la acidez de quien vive con el viento y la salinidad de quien vive con el mar. Algunos productores abren la puerta a quien cita con antelación, para participar en la vendimia o acompañar el pastoreo. Es un trabajo sin prisas, al ritmo que impone la naturaleza.
Vivir entre el cielo y la piedra
Poco más de 31 habitantes por kilómetro cuadrado se traducen en un silencio que se escucha. En las calles estrechas que rodean la iglesia, los pasos retumban sobre el empedrado basáltico. Las casas, de una o dos plantas, tienen contraventanas de madera pintadas de verde o azul turquesa, colores que la sal y el viento desconchan poco a poco. Hay huertos amurallados, gallineros, algún coche aparcado a la sombra de una acacia. De sus 1.235 habitantes, 276 tienen más de 65 años; 125, menos de 14. La escuela primaria funciona en régimen de agrupación; el bar abre a las seis de la mañana para servir el desayuno a quienes trabajan fuera.
No hay romerías ni verbenas. La fiesta de la patrona, en octubre, se reduce a la misa solemne y a la procesión que recorre las calles principales, con la imagen llevada en andas por hombres de la parroquia. Es una devoción sin alharaca, entre vecinos que se conocen de toda la vida.
El mirador de la Fajãzinha, al atardecer, ofrece una vista despejada sobre el océano. La luz rasante acentúa el relieve de los acantilados y tiñe de naranja el basalto negro. El viento no cesa, pero deja de molestar: se vuelve parte de la respiración del lugar. Uno se queda ahí, sentado en la murete de piedra seca, hasta que la última mancha de luz desaparece en el horizonte y el frío de la noche empieza a subir por el valle.